En verano hubo un señor que se puso a vivir en el retrete de una cafetería de esas llamadas Rodilla. Fue a hacer de vientre allí y allí se quedó. Todo estaba muy limpio y se oía una musiquilla muy bonita, muy acogedora. Se compró un libro y se sentó en la taza. Y ya venga leer unas aventuras que pasaban en el casquete polar ártico, lo que le producía un frescor mental que le recorría todo el cuerpo. Y no venía nadie ni a orinar ni a defecar, con lo que estuvo tan a gustito allí metido toda la mañana. Hay que saber dónde nos metemos, cuánto gastamos, qué amigos tenemos, qué hacemos de más en esta vida. Si no, los imprevistos nos acecharán más pronto que tarde. Y nos llevarán a un sitio feo, a una ruina que no la vamos a ver venir.
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