Había un momento en los conciertos de Rosendo en que este decía: ¿y al enemigo?. Y el público contestaba: ni agua. Quizás el enemigo somos nosotros mismos con nuestra condescendencia a los actos malos que cometemos. Como lo hace el menda, tiene mucho perdón. Pero llega el tiempo en que esos deslices grandes o pequeños nos pasan factura. Es como decía San Agustín: me he dado cuenta de que mi mayor problema soy yo mismo. Ya de pequeño, he observado una conducta fea en un niño. Me parece mentira tanto engaño en un niño. Así será de mayor y las hará más gordas. Va tejiéndose ese niño una mala fama de mala persona. Pero es así. En algún sitio ha aprendido esos tejemanejes. La gente pondrá distancia entre ese futuro adulto porque no es trigo limpio. Y llegan las soledades porque a la gente no le gusta lo malo porque es feo. Lo malo es feo.
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