¿Hay alguien ahí?, preguntaba Nicodemo al entrar en la cueva del saltamontes. Y no había nadie. Nunca había habido nadie. En millones y millones de años, no había habido nadie en la cueva del saltamontes. Y aún así, Nicodemo entró con una linterna alumbrando su camino por la cueva. Olía a sulfuro. Fuertemente a sulfuro, índice del diablo. Y ensayó Nicodemo un monólogo sobre el sentido de la vida. Estábamos en una comedia de Calderón. La vida es una barca, Calderón de la mierda. Y pronto, al salir de la cueva, Nicodemo empezó a enloquecer, se lleno de espíritus malignos y salió de la cueva todo enfermo del alma. Y llegó un apóstol y dijo: salgan los demonios de ese cuerpo. Y salieron. Y no se me ocurre más.
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