Ese hombre que está en la terraza de un piso mirando al mar. Puede que estén colmados todos sus deseos mientras bebe vino blanco, oye el rumor de las olas y ve las luces que en la noche brillan a lo lejos. Pero al día siguiente, llegan sus hijos y su mujer llenos de problemas a pasar unos días en el apartamento. Todo se trastocará. Los hijos dicen que necesitan dinero. Su mujer dice que hay que viajar a Biarritz. Ha venido con sus hijos un amigo con ojeras, con un corte de pelo inmundo y unas ganas de consumir droga que se le ve de lejos. La vida de este hombre que, como hemos visto, ama la soledad, se manchará con borracheras por la noche de sus malhadados vástagos y un insistente deseo de su mujer de viajar por el norte de la península. Ya lo veía venir. Ninguno de su familia puede estarse quieto leyendo un libro. Ya las noches mirando al mar acabaron. Ya ha llegado la vorágine a su vida. Su querida soledad se ha llenado de desorden y vicio. Se pregunta para qué se casó e hizo una fortuna. Se pregunta por qué es esclavo de su familia. Se pregunta cuándo volverá la soledad por su barrio existencial.
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