El jefe de la asociación donde yo iba, en Las Rozas, le dijo a mi hermano que le iba a romper la boca, que no le quería ni su propia familia y que era un desgraciado. Así que no me costó dejarla. Además, en la asociación había comunistas ricachones de León, de los peores. Los comunistas ricos parece que tienen que estar haciendo méritos de radicales todo el rato y son insufribles. Los que iban a la asociación eran ya de otra generación y no me entendía muy bien con ellos. En fin. Que estas amenazas del propio jefe y esta colección de leoneses raritos, dejé de ir. Ahora, el tiempo que no voy a la asociación, lo paso escribiendo, paseando o yendo a Madrid, cuyas calles son más libres y sensatas y divertidas.
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