viernes, 16 de octubre de 2026

Hubo un repliegue general, la gente dejó de creer. Las masas atontadas fueron instruyéndose leyendo libros y periódicos. Los humanos empezaron a saber cosas y por fin distinguieron la verdad de la mentira. La propaganda ya no les hacía mella. Las noticias eran sopesadas con un interés fuerte por la información exhaustiva que pasaba de un lector a otro lector avisado. Los libros ya no descansaban en los estantes de la biblioteca sino que iban pasando de forma acelerada de mano en mano. Las personas simples y llanas decidieron conocer, alcanzar la sabiduría todos a una. Ya no iban a los bares, se entablaban debates en las plazas de los pueblos. Una revolución cultural estaba tomando forma. Pacíficamente, los de abajo, los del pueblo, desplazaron a los políticos. Las drogas, el alcohol y el tabaco dieron paso a la lectura prolongada en el tiempo y en los temas. Todos los seres humanos se convirtieron en filósofos. Y así, ya no hubo más publicidad, más propaganda, más engaño, en suma. Todo el mundo sabía. Y el dinero se aplicó al más necesitado. Y los presupuestos los hicieron ellos, los de abajo. Y no hubo más elecciones ni partidos políticos ni poder de los más aviesos. El mundo giró un giro que nadie pensó porque antes de esta revolución, nadie leía, nadie pensaba, nadie actuaba. Y el mundo empezó a parecerse a la democracia verdadera porque todo el mundo tenía algo que decir, algo que opinar con fundamento, algo que hacer por él y por el vecino.


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