jueves, 22 de octubre de 2026

 Ayer vi un gran acto de generosidad. Un amigo mío invitó en el bar a todos los que estaban allí, a mí incluido. Le salió la invitación por 20 euros. Al otro extremo de la barra estaba Manolo, el segurata, como le llaman. Estaba sorbiendo de su güisqui con hielos y hablando un poco con el camarero. Dentro de dos días, era nochebuena. Se habló de la navidad y quedó esta un tanto deslucida en los comentarios. Hubo un momento en que Manolo se abstuvo de hablar y posó sus tristes ojos en la calle. La calle pareció inspirarle. Empezó a musitar. Manolo no es de amigos. Por lo poco que le conozco, es más amigo de la poesía que de la gente. Estaba recitando. Manolo recitaba. La navidad exhibía su frío fuera del bar. Manolo aprendió en la carrera sonetos que recita como el que reza. El camarero nos dijo que Manolo decía muchas palabras antiguas cuando se ponía así. A eso de las tres, le esperaba el centro comercial. La navidad tiene algo bonito: remueve el corazón a un ritmo inusual para esta maldita época.

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