Las trenzas de esa chica eran espectaculares. Tenía un bonito cuerpo. Era de un pueblo peruano llamado Chiclayo. La chica que iba con un niño también era muy guapa. Era de un pueblo llamado Tomelloso. En la plaza se daban cita muchas chicas guapas de todos los lados de España y de todos los lados de Suramérica. Pero yo las miraba y su cuerpo no me miraba. Las chicas eran recias y aceradas de carne, eran gentes atrevidas y con ganas de responder al amor que les lanzaban unos ojos jóvenes y ávidos. No eran mis ojos. Mis ojos ya miraban cansados de pastillas para la mente. Mis ojos ya no hacían más que resbalar por sus curvas de modo moderado y flojo.
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