Cuando se hubo comido su café y sus sandwiches, se metió en el baño a mear. Y allí descubrió un mundo nuevo. Un fresquito que no había sentido en toda la mañana. Una musiquilla que le relajó totalmente. Un aislamiento del mundo exterior que ya estaba necesitando. Una caricia en todo el cuerpo como no había sentido nunca. Y se quedó allí sentado toda la mañana. Y no entró nadie. Y fue feliz porque notó una tranquilidad grande en todos sus músculos, nervios y orificios. Y luego fue a casa y no sintió la felicidad que sintió en ese retrete. Y volvió a la mañana siguiente. Y así todo el verano. Las huellas de un depredador son hondas. Al igual que la presa que huye.
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