Para mi enfermedad mental, yo tomo una sustancia, una sal que no está naturalmente en el cuerpo humano. Y mi psiquiatra tiene que controlar su presencia en sangre. Esa sustancia o sal es litio. Es curiosa la historia de esta sal en la historia de la enfermedad mental. Se usaba para fijar la urea en sangre de los enfermos terminales. Pero se dieron cuenta de que, cuando la aplicaban a estos enfermos, su depresión se atenuaba. Y de ahí se aplicó a los enfermos psiquiátricos como un estabilizador de ánimo y un potente antipsicótico. Pese a su antigüedad, es un medicamento de primera línea en psiquiatría, aunque ni los mismos psiquiatras saben cómo funciona. El litio. Una sal. Un medicamento eficaz. Que hay que medir. Por eso yo he ido hoy a hacerme un análisis de sangre y casi me mareo esperando en extracciones del Puerta de Hierro. Me mareaba oyendo los números sin que saliera el mío. Y cuando ya decidí largarme, sonó mi número: IMH270. Me ha sacado la sangre una adusta enfermera y adiós al ayuno. Casi me piro. Casi no lo logro. Pero lo logré. El litio, el zyprexa, la olanzapina. Lo que me permite vivir y me destruye los órganos. Lo que me ata a la cordura y lo que me va destruyendo el hígado. Las malditas pastillas que tengo que tener al lado. En fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario