Un hombre está esperando al tren y su amigo no viene. Hace mucho frío, la temperatura debe de ser de menos 10 grados. No ha venido el hombre preparado para el frío, lleva un jersey nada más. Habían quedado a las 8 de la mañana. Son las 8 y 20. El tren ha parado y se ha ido. La gente ha montado en él como un incierto tropel, como ganado que se refugia en el calorcillo de los vagones. El amigo no viene y el hombre que espera se está helando. Para él, la cita es muy importante. Pero el amigo al que espera no parece importarle tanto. A las 8:35, viene el amigo, con su abrigo bien abotonado, con cara de felicidad. El hombre está aterido, está harto de esperar. Cuando viene el amigo, un tren entra en la estación. Perdona la tardanza, dice el amigo. Luego, el fragor del tren que llega ahoga el diálogo. El hombre ve la cara de felicidad de su amigo, su despreocupación de las cosas y cuando este se acerca, no duda en empujarlo al tren.
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