jueves, 23 de abril de 2026

 Había un chico que se recorría las calles de Budapest todos los días porque era cartero. Este chico soñaba con la perfección de los planetas y el sol y las estrellas. Este chico adoraba la luz del sol cuando llegaba cada madrugada y miraba a la luna como algo que casi sentía en los dedos. Este chico tenía una nuez de Adán muy pronunciada. Daba el aspecto de una gallina recién cocida pues el color de su piel era rojizo. Este chico sale en una novela que me estoy leyendo, una novela de una trabazón hercúlea, de una sintaxis fuerte y apretada a la que yo jamás podré llegar en mis narraciones. En esta novela sale también la madre de ese chico, al que abandonó cuando su padre bebedor murió. Y sale también un musicólogo que está tendido en la cama intermitentemente.

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