Una mujer se debatía entre dos amores que la requerían. No sabía si decantarse por el abogado exitoso o por el arquitecto cosmopolita que había diseñado un edificio en Nueva York. El abogado era más guapo para su gusto pero el arquitecto tenía más salero, más ganas de vivir que el abogado. El abogado defendía causas financieras, de mucho dinero y la parte que se quedaba tras los juicios era grande. Los dos eran estupendos partidos, locuras de amor. ¿Y si se quedaba con los dos? No era fácil que coincidieran ambos pues tenían órbitas diferentes vitales. No sabía cómo se apañaría pero se quedaba con los dos: Inventaría mil excusas para no tener que renunciar a uno de los dos. Primeramente, escogería al arquitecto para los fines de semana. Los dos estaban muy ocupados en sus tareas así que era fácil que no se dieran cuenta. Los dos significaban amor para aburrir. Ella era escritora y escribiría de los dos. Lo que le contaran sería el argumento de sus novelas. Triunfaría amorosamente y novelísticamente. Fue pena que los dos la engañaran al mes de decirles que sí.
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