Me imagino que mi hermano fuera culterano y yo me declarara conceptista, al modo de Quevedo. Estaríamos todo el rato lanzando invectivas uno contra otro. Que si los versos deben ser largos o cortos, que si en la poesía debe haber latinismos o palabras que sugieran varios significados. Que si se debe adoptar el estoicismo en los temas tratados o la pura evasión poética. Compondríamos poemas en las que uno satirizara al otro, en que uno se fijara en la nariz del otro y el otro en vicios inconfesables del primero. La vida sería muy interesante, todo el día componiendo versos en cuadernos llenos de invectivas, de hallazgos poéticos, de palabras misteriosas, de conceptos altisonantes. La poesía atravesaría nuestras vidas y nos tendríamos un odio mortal, un odio fomentado por la creación de pensamientos satíricos, burlescos, desfiguradores de la realidad. Pero no, la vida con Paco es más ordinaria, más sencilla que todo eso. Paco apenas habla, apenas disputa si no es por las tareas de la casa, pocas veces Paco lanza un suspiro poético al aire.
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