Antes, todos los que yo conocía se paseaban por el callejón del Gato donde unos espejos cóncavos reflejaban una distorsión de su realidad. Estaba yo viendo un esperpento. Pasaron unos meses decisivos, en pleno invierno: llovía, nevaba, hacía mucho frío en aquella estación que llevaba a Alcalá. Y me monté en un tren que me condujo a casa. Y en casa, yo iba previniendo una manera de ver las cosas diferente. Como una especie de comedia tranquila, de hacer reír. Y los personajes de esa comedia se encontraban en la Gran Vía majariega y hablaban. Por fin hablaban y hubo teatro y hubo sinceridad por fin. Y las cosas salieron como cosas que iban teniendo sentido.
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