Estos eran dos hombres tranquilos que tenían una enfermedad. Como tenían esa enfermedad, no podían vivir como los demás. Tenían que tomar pastillas, ir al médico varias veces en el mes y tenían que dormir sus horas y tenían que llevar una vida tranquila. Uno de ellos, sabía conducir pues había sido conductor de autobús. El otro, sabía de letras. Los dos vivían juntos, eran hermanos. Pero los demás no se daban cuenta de estas cosas, de que los dos hermanos necesitaban tranquilidad. Y, por pereza propia, mandaban al conductor a todas partes. Y el hermano conductor enfermaba gravemente por salirse de su tranquilidad. Una avecilla me cantaba al albor.
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