Cuando a mi madre le dio el infarto, me parece que tenía ya 92 años. Esas edades son críticas y no estuvo más de una semana viva. Si a mi padre le llega una fatalidad, tampoco aguantará mucho por lo mismo: por su edad crítica. Mi padre ha sufrido una depresión, una retención de líquidos y una pulmonía pero tiene el corazón fuerte y eso le ha salvado. En caso de que sufra alguna dolencia fuerte, morirá pronto. No es un deseo. Es la constatación de un hecho ya visto. 96 años son muchos años y la edad cansa y fatiga. Pero a lo mejor muero yo antes o algún sobrino o mi hermana o mi cuñado. Nadie está a salvo de los imprevistos de la vida. Y uno de sus imprevistos, sin dudarlo, es la muerte. Por la calle del olvido vagan tu sombra y la mía.
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