En un diálogo, es muy importante la actitud del interlocutor. Si el interlocutor al que hablas no tiene un mínimo de interés por ti, no te esfuerces, adopta tú mismo su propia actitud: habla con monosílabos, no des explicaciones de ninguna clase, muestra desdén por él como él te está mostrando a ti: a lo mejor reacciona y adopta una postura más activa, aunque es raro que lo haga. Si no tiene interés por ti, menos interés tendrá por lo que dices. Esta clase de interlocutores son odiosos porque pretenden enterarse de todo y ellos no decir ni mu. Otro tipo de interlocutores son aquellos a los que presentas un tema de diálogo o de conversación y no se ciñen al tema. Hablan de cosas peregrinas o que confunden, no se ciñen a lo que les has preguntado o el tema que les has mostrado, hablan por hablar, hablan de otro tema que es tangencial al que tú has puesto encima de la mesa. Con estos últimos, no te distraigas mucho, cierra la conversación enseguida y no pierdas mucho tiempo con ellos. Solo trata de averiguar lo que te interesa. Si no lo logras en un par de intervenciones o tres, despídete amablemente y deja la conversación. El habla de la gente dice mucho de su condición mental. Cuando encuentres este tipo de "conversadores" (lo pongo entre comillas pues no son conversadores en absoluto) y otros tipos que hay parecidos, no te rompas la cabeza: casi no hables (como hacen ellos) y di adiós cuanto antes al diálogo con ellos. Hay más tipos de interlocutores raros. Todas estas actitudes que he mostrado denotan una enfermedad mental no diagnosticada, parece gente normal, pero no lo es. Están como regaderas, como se suele decir. No hay que perder tiempo con ellos porque el tiempo es oro.
lunes, 12 de diciembre de 2022
He estado leyendo el tema 29 de oposición: el texto dialógico. Estructuras y características. Para que exista un diálogo o conversación, primero hay que escuchar al que habla y luego, respetar el turno de intervención. En el diálogo intervienen las características del hablante: tipo callado, que solo emite monosílabos, que no muestra interés por el que habla y por lo que dice el que habla. De este tipo de hablante hay muchos, por desgracia. Con este tipo de escuchante y hablante, mejor no hablar con él ni del tiempo, nunca te hará caso. Hay otro tipo de hablante que desvía el tema de conversación y acaba hablando de cualquier cosa menos del tema al que deberían ceñirse emisor y receptor. A estos hablantes/escuchantes es mejor decirles adiós cuanto antes y no hablar con ellos tampoco, a no ser que, por fin, se ciñan al tema que interesa o del que surgió la conversación. Hay otros emisores/receptores que sí entienden el diálogo: escuchan lo que les dices, responden respetando un turno, respetando el tema del que se habla, etc. Los dos primeros que he citado son propios de personas que tienen algún trastorno mental no diagnosticado. El último que he citado como emisor y receptor de mensajes en un diálogo goza de buena salud mental.
domingo, 11 de diciembre de 2022
Voy andando por Madrid con un paraguas rojo, en recuerdo de Azorín. Veo un hotel hermoso que da a Alcalá. Me siento en unas sillas de enea a tomar el aperitivo. Estoy estupendamente acompañado. Hablo de mi libro. Elogiosamente. La boca que tengo enfrente habla de mi libro con afán encomiástico. No es para tanto, digo. La boca tan preciosa que tengo delante lo compara con el Lazarillo. No es para tanto, repito. Luego hablo otra vez de mi libro. A este interlocutor le gusta mi libro. Entramos al comedor del hotel y comemos cosas sabrosas como foie y suquet de rape. Bebo agua, sigo hablando de otras cosas que no es mi libro. La lluvia cae desde el cielo de Madrid.
Reflexiona ampliamente y serás justo largamente.
El 19 de Marruecos mete un golazo a Portugal. Salgo a la calle. Algarabía de coches pitando con las banderas de Marruecos al viento. Llora Cristiano. Los ricos también lloran. Estoy en un hotel, en el hall. Ya he desayunado. Escribo para matar el tiempo. Ojalá Marruecos se coma a Francia y le gane. A África se le oirá por fin aunque sea en un Mundial de fútbol. Miro por la cristalera. El cielo de Madrid es gris y llueve. Terminaré de escribir esto y luego iré a un restaurante a comer. Voy a hablar de mi libro. Y se me va a escuchar. Estoy un pelín expectante: la vida se abre paso enfrente de mí. Busco en internet un refrán.
Quien no suma nada a su haber se endeuda.
La puta se rasca el coño, que le da de comer; el taxista se rasca la cabeza y el escritor lee una vez más por dónde va su novela. El mendigo muestra sus úlceras; el médico ausculta el abdomen del paciente; el político miente una vez más, se desdice de lo que dijo una vez en el pasado y la fregona friega las mesas de un colegio donde se va a aprender; el estudiante mira con hastío los libros; el aventurero va por el río en una canoa, rodeado de nativos; el escritor no encuentra la inspiración para seguir la historia; la mujer espera a ese chico que ha conocido hace poco y van los dos a un hotel del centro de Madrid. Pasean los dos por Arenal, por la Plaza Mayor, por el centro de la capital del país llamado España. Atropellos del dirigente Sánchez para salvar a sus amigos.
Sopa y amores, los primeros los mejores.
Puede que un amor tape a otro en grandiosidad.
Hay gente que solo tiene amor por el dinero. Los que están a su alrededor son ocasiones para gastar o para ganar dinero, nada más. Esa gente no invita nunca a nada, aunque los hayas invitado alguna vez. Son gente roñosa, chupóptera, ratera y avara que no sueltan jamás el puño cerrado. Sueñan con el dinero, viven para el dinero, morirán con el dinero en su cabeza. Porque los pobrecillos no tienen otra cosa en qué pensar. No leen libros, no van a museos, no les gusta la naturaleza. Solo tienen una idea en la cabeza: cómo conseguir dinero. Son gente de la que hay que huir porque no causan más que disgustos. Tú tienes más, yo tengo menos, siempre así.
Queriendo saltar a la luna se puede caer en el barro.
No ambicionemos mucho en esta vida y queramos a los demás, no a lo imposible.
Navidades trepidantes. Un montón de emoción. Charlas sobre libros leídos, gran emoción intelectual. Qué bonito es vivir aunque haga frío y viento. La vida es de color de rosa aunque las nubes sean grises. Los hoteles se tornan casas para pasar el fin de semana. Lo que he vivido hasta ahora vale más que años a la sombra de una enfermedad mental. Los augurios de una vida plena planean sobre mi cabeza como ruiseñores que cantaran a las 4 de la madrugada en una cama nupcial
La vida ya no es gris y zafia. La vida se torna muy movida e inusual.
La sabiduría aprende de la necedad del idiota.
Eso es: hay idiotas que sirven de enseñanza.