domingo, 31 de marzo de 2013

El miércoles 27 de Marzo ponen a mi madre un marcapasos de resultas de un ataque al corazón que tuvo hace ya unos años. El Jueves santo paso toda la mañana en el Hospital. Compruebo que mi hermano mayor, otrora alcohólico y hoy enfermo de cáncer con la laringe seccionada está intratable. Este mismo jueves, a la hora de comer, dan el alta a mi madre. Ayudo en casa a mi hermana mayor a hacer la comida. Esperamos al modorro de mi sobrino para comer. Mi novia me comunica que su abuela ha muerto por la tarde.
El viernes santo voy de entierro a Pozuelo con mi novia y su madre. Una pena porque la madre de mi novia no se habla con la familia de su hermano. Da un poco de tristeza pero yo estoy allí por mi novia, por nadie más.
El sábado santo toda la familia tiene que aguantar la poquita educación de mi sobrino: decía que no iba a venir a comer y nos hizo esperar a toda la familia porque sí vino. Ayudo a mi hermana a recoger pero me niego a hacer café. Me voy al Retiro. Subo por Atocha. Llego a la Plaza Mayor. Ando más hasta Moncloa. Me dirijo al Kentuky. Dice mi novia que va a salir y luego me llama para decirme que ya no sale (no es la primera vez). Veo a Becerra en el Kentuky, hacía mucho que no le veía. Nos reímos mucho. Me voy a acostar. Tardo bastante en dormirme. Tengo que tomar pastillas.
El domingo estoy bastante tranquilo pero me he enfadado con mi novia. La llamo por la mañana y le digo que esta tarde no voy a salir. Como bacalao al pil pil muy rico. Hago café. Me voy a casa y me tumbo un rato. Llama mi novia e insiste en que la acompañe a dar un paseo. Le digo que no. Me voy a las Rozas con paraguas, me como un bocadillo de jamón y una cerveza. Voy al Kentuky. Voy a ver a mis padres. Escribo esto. Por fin se ha acabado la puta semana santa.

sábado, 30 de marzo de 2013

Primero arruinó a sus padres. Después arruinó a sus abuelos. Quiso arruinar a un tío suyo pero supo darle largas. Entonces probó con sus amigos pero huyeron de él. No eran sus amigos. Sus fiestas no tenían fin. Los coches que compraba cada vez eran más rápidos. Los viajes eran cada vez más exóticos. Se estaba quedando solo con su dinero. En el fondo era muy pobre, pero sus camisas decían lo contrario a la gente.
Poco a poco, tuvo una piedra por corazón. Se portaba con un egoísmo cruel como la primera vez que maltrató a su padre y convirtió a su madre en su esclava.
Se le ve siempre por las mejores zonas, de compras, de coctail, impresionando como el trueno, preocupado por dar el pego.
Sus maneras ocultaban litros y litros de hipocresía que le corrían por las venas. El que no le conocía bien decía que era muy agradable. Sus víctimas sentían temor al recordarle.
Fue siempre muy sutil pero latía en su corazón el pulso del psicópata. Frío, calculador, nunca decía una palabra que no tuviera un beneficio o rebajara al que tenía enfrente.
Dejó casi de hablar, se movía como un reptil, todos sus gestos recordaban el movimiento lento de los ofidios.
Olía el dinero, pasó a ser su lenguaje más reconocible pero nunca tuvo la ambición de ganarlo, sino de exigírselo al débil.
Lo fue perdiendo todo para ir ganando sólo él. Impresionaba verle entrar en la discoteca de moda vestido como mandan las revistas de élite.
Ya no supo ganarse la confianza de nadie. En su trabajo era eficiente, de gestos expeditivos. Los monosílabos le ayudaban mucho a no decir nada y nunca dio una respuesta clara a lo que se le preguntaba.
Llegó un momento en que nadie que le conociera sabía cómo era su vida. Era un cofre lleno de egoísmo con más llaves y candados que su propia mente enferma. 
No supo nunca hacerse viejo. No se supo hacer querer. En realidad, solo le quiso su familia hasta que cumplió quince años y empezó su dominio frío y fiero.
Cuando estabas cerca de él, su cuerpo no decía nada, su boca no decía nada, su mente no estaba allí contigo.
Aún no ha muerto pero lleva mucha muerte encima. Camina pausado, su mirada es fría, sus gestos lentos y desdeñosos evitan una comunicación real. Viste muy bien. Es lo mejor que hace. Si te le encuentras, él será amable pero enseguida verás la falsedad que hay debajo de sus ropas carísimas.
Yo fui su amigo y desde que dejé de verle pienso en el asombro que se me quedó en el cuerpo por la naturaleza humana.





viernes, 29 de marzo de 2013

El rezo es el agua que horada la piedra. Este pensamiento se iba repitiendo en la cabeza del franciscano.
El dinero viene de la mano de la paciencia. Este pensamiento lo guardaba tarde tras tarde el mercero detrás del mostrador.
El cuerpo sin vicio atrae el deseo. Esto decía Loli "la tetas" todas las noches para su propia conciencia mientras se lavaba el germen de todas sus ganancias en una palangana.
Enseñar es poner orden en la explicación. Esto lo decía Mariano el de matemáticas aplicado en el libro de fórmulas.
Pero suele pasar que si no tenemos orden en nuestras vidas se aleja la paciencia, se pierde la fe, se convoca al vicio y termina por no funcionar nada.
Y cuando no funciona nada surten los problemas como de una fuente monumental y todo se desborda como si no hubiera quicio.
Hay una chica que me sigue los pasos a cambio de un beso y una promesa. Yo también ando a su lado y en las plazas de Toledo la agarro de sus trenzas de oro y juego con ella. Luego subimos al hostal y seguimos jugando y después tomamos un café mientras ella cuenta cosas muy serias y yo tengo que poner cara de atención y como si me diera pena.
Luego cruzamos las plazas grandes de Cádiz, cruzamos las largas calles de Oporto, cruzamos avenidas históricas de Lisboa y nos tumbamos en playas del oriente de las paellas. El agua salada brinca sobre nuestros cuerpos mientras yo la cojo de las caderas y le digo dulcemente que si no tuviera piernas podría pasar por sirena.
Un día, a esta chica se le murió la abuela, que estaba en una residencia, oronda como una naranja, con la cabeza perdida que ya no la encontramos y la enterramos un jueves santo que llovía casi sin querer.
Y la chica volvió conmigo a pasear por la Gran Vía y a veces nos dábamos la mano.
Esta chica y yo dábamos muchas voces por las calles porque no nos entendíamos y yo la llamaba esto y ella me llamaba lo otro y luego nos volvíamos muy tristes hasta que la ausencia lloraba e íbamos con el pañuelo a limpiarla las lágrimas y una vez juntos subíamos al hostal que tenía una cama y luego otra vez nos poníamos serios con la cara pintada de amor.
Un día, en la calle Arenal, parecíamos enemigos pero hicimos las paces al llegar a Callao.
En fin, lo nuestro ha durado porque cuando nos quedábamos solos la aguja del reloj se quedaba como muerta. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

La vida del taxista es azarosa: lo mismo monta en tu taxi un borracho que tiene una querida esperándolo para darle cama y pagarle la carrera que puedes montar a unos moros que no saben dónde van o una prostituta que amanece con su quimérico negocio al aire en el asiento de atrás.
La vida del cantante está lleno de viajes por carretera y por las narices, de canciones que les llenan de gloria y de actuaciones a las que nunca pondrán fin si son buenos y la suerte les acompaña. La radio les ayuda repitiendo lo dicho ante la gente.
La vida del profesor está llena de cabecitas que tiene enfrente a las que hay que enseñar el currículo oficial. Todos miran a ver qué vas a decir y cómo lo dices y si eres simpático o un cardo borriquero. Pero si ellos aprenden, tú te quedas satisfecho y te suelen recordar por mucho tiempo por el tiempo compartido con ellos con la pizarra por bandera.
La vida de escritor es estar mucho rato enfrente de una página que hay que rellenar y que aquello marche. Unas veces, lo que has escrito te parece una historia mejor que la Biblia y otras veces piensas que has soltado un rollo que no va a gustar a nadie porque no tiene el nivel requerido. De una manera u otra, todos los días que  puedes, te sientas y escribes porque allí has puesto tu fe.
El vendedor vende con un sonrisa por delante, el camionero aguanta la rosca sin remedio, el paleta soporta frío y calor en la obra y así va todo, jodido pero cumpliendo.

lunes, 25 de marzo de 2013

El ser humano se jacta de lo que puede, presume de cualquier rasgo que le haga diferente a los demás. La pertenencia a un grupo también da para la presunción. Lo malo del asunto es que ahora, de lo que se enorgullece la gente no suele valer un pimiento, no supone un esfuerzo personal. Por ejemplo, ser del Real Madrid.
No creo que cueste mucho ser del Real Madrid y la gente está muy orgullosa de ser del Real Madrid o del Betis. Podría estar uno orgulloso de ser de Cáritas pero si uno que es de Cáritas cuenta lo que hace en Cáritas enseguida aburre. Lo mejor es contar diez veces una falta que le hicieron a tu delantero favorito. Eso sí que mola. Y llamar hijo puta al árbitro y decir alegremente que al equipo contrario siempre le favorecen. Así funciona la tontuna del fútbol y seguirá funcionando: porque se basa en un orgullo de ser de algo.
Yo siento orgullo de haber hecho una carrera gracias a mis esfuerzos y no alardeo de ello. No es que no quiera, es que no hay ocasión para hacerlo. A nadie le importa la literatura ni el idioma que hablamos.
Yo me siento orgulloso de estar haciendo una novela. Pero tampoco puedo fardar de ella, ni del esfuerzo que me lleva porque tampoco encuentro eco en nadie de mi alrededor a quien interese.
Seguro que si me hago ferviente seguidor del Real Madrid o de una serie de televisión empezaré a tener unos minutos de reconocimiento entre mis conocidos porque tendré los mismos gustos de los que estar orgulloso y satisfecho como lo están ellos.
Pero no. Yo seguiré orgulloso de escribir día a día y leer buenos libros que para eso me eduqué y si no tengo motivo de orgullo en esta sociedad por esos gustos tan raros pues no seré orgulloso pero seré sincero con lo que yo quiero ser y hacer.
Lo malo es que hay muchos del Real Madrid y el fútbol lo puede todo.
Recuerdo un día en Madrid en que salimos todos los de la carrera a tomar algo por sus calles. Había una chica cuyo cuerpo alucinante  se regodeó ante mis ojos hasta la noche, en que me tuve que ir a mi casa. La chica era muy agradable en su modo de hablar, era muy sencilla y no sé si era consciente de su poderío como mujer. No sé de dónde salió ese día, era amiga de un amigo y no sé dónde se metió desde ese día pues no la volví a ver por la facultad pero el mimbre de su cuerpo ese día exhibido como una perfección casi alada perduró y perdura en mi memoria hasta el día de hoy. Fue verla aparecer, con sus vaqueros ceñidos y su blusa corta allí, al pie de la entrada de la facultad y trastornárseme todos los sentidos y desearla toda la tarde y toda la noche que estuvimos dando vueltas. En aquellas épocas se hablaba de proyectos, de exámenes, de profesores y todo el mundo quería ser original en lo que decía para hacer reír e impresionar. Nos asomábamos al mundo de los demás y cualquier rasgo personal nos parecía algo extraordinario. No teníamos acceso al trabajo la mayoría y desconfiábamos del mercado laboral que nos esperaba pero éramos felices diciendo gracieta tras gracieta a ver cómo se pasaba el tiempo.
Recuerdo los pasillos enormes de la facultad en los que nos topábamos los compañeros que íbamos de una clase y otra y cómo nos reíamos por cualquier cuestión.
Las chicas que yo vi desde aquella tarde noche pasada por el centro de Madrid en la facultad no le llegaban a esa chica ni  a la suela de los zapatos, no sólo por lo contrahecho de sus cuerpos (tapones, barriles, zancudas, escurridas, feas de cojones) sino también por la magia que despertó en mí, magia que no la volvió a despertar ninguna chica más pues ya se sabe que en Filología follar no era un pecado sino un milagro. No sé lo que será ahora follar ni las chicas que habiten esa facultad pero en mi época no dudábamos en calificarlas de monjitas con mal cuerpo.
Lo que sí echo mucho de menos es esa alegría natural que había entonces y que no he vuelto a encontrar. Nos reíamos de todo y a todas horas y todo lo encontrábamos interesante, menos a las monjitas de mal cuerpo, claro.
Y así pasaron unos seis años estudia que te estudia, entre libros y apuntes, echando horas en las clases y en casa hasta que me licencié pero no me eché novia ni nada que se lo pareciera porque allí, en esa facultad, la vergüenza podía más que los ojos y los ojos no veían más que recatadísimas deformidades feas, feas, feas y la que era guapa, siempre tenía novio. Yo conocí a dos en ese caso.
Y lo malo es que no supe nunca de dónde salió esa chica con la que fui a tomar una coca cola a Huertas esa tarde noche.