Ya no te duele tanto el corazón, le dijo uno al otro. Y el otro contestó: no. Eso es que ya eres viejo. Pero aún quedaban muchas madrugadas que vivir y mucho aire que respirar y alguna playa que pisar con los pies desnudos. Aún quedaban conversaciones entrañables con los hijos, los hermanos, los padres. Había ganado años, años en que el sol había ido apareciendo todos los días como un seguro de que la vida no se transmutaba en catástrofe. La geografía por la que deambulaba no cambiaba, era todo un recorrido breve y conocido pero en cada día de esos que había vivido para volverse viejo, había existido un sentido, un cariño al que acudir. Ya todos hablaban con todos.
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