Las golondrinas se fueron. El calor ya no fue tanto. Andaba viento fresco. La ginebra seguía amargando los vasos por la noche. Los curas insistían en el futuro de Dios: ese instante en que el alma se separa del cuerpo. Pero ya no se podía ir con esa historia porque ya nadie creía en ella. La gente apuraba las horas de descanso o de vacación hasta las heces y veía en el trabajo una maldición que le había mandado un dios pequeño y envidioso de los hombres. La gente pecaba, pecaba todo lo que podía. No hacia caso a las advertencias divinas. La gente no se sabía el padrenuestro. La gente solo creía en la bono loto y en la primitiva. La gente era muy de andar por casa, muy vulgar, demasiado hecha al placer. Todo se vino abajo cuando la gente empezó a envejecer de repente.
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