Qué frío hace, dijo el tipo al entrar en la oficina. Nadie le contestó. Era ya común que le trataran como un apestado en el trabajo. Decían de él que era un lameculos del jefe. Volvió a decir eso en el bar y tampoco le contestaron. Hasta que hizo una temperatura de 20 bajo cero. Y ya no hacía falta decir que hacía frío. El frío ocupaba intensamente las oquedades del cuerpo, las extremidades, los pliegues de grasa de la espalda. El frío lo ocupaba todo. La gente fue a la compra una vez solo pero vino cargada de productos llenos de grasa para pasar el frío extenuante que hacía. La ola polar se dejó notar ampliamente en las carnes de los ciudadanos. Y ya al hombre este que decía que hacía frío, le cayó encima el sambenito de gafe. Lo que le faltaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario