Los malos novelistas, como no saben cómo acabar su novela, rematan el final con una muerte como si esa muerte explicara toda la novela. A mí me fastidian esos finales porque en la vida real, la muerte no acaba con nada, todo sigue después. Olvidado el finado, la gente sigue con un poco o un mucho de pena, pero sigue. En la novela, el muerto parece el culmen de algo, culmen que es falso, culmen que no es culmen de nada más que de la idea torpe que tiene el novelista o el dramaturgo para acabar su obra. La muerte es tan habitual en la existencia como lo es una boda o un cumpleaños. ¿Por qué no acaban las novelas con un cumpleaños? O con la compra de un coche, por ejemplo. O con una fiesta. La lectura se haría mucho más agradable.
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