Hoy por la mañana, en Móstoles o en Tres Cantos o en Fuenlabrada una persona se ha levantado de la cama, se ha lavado la cara, ha desayunado una magdalena con un café, se ha vestido y se ha puesto a pensar en el más allá. A lo mejor esa persona se ha echado un cigarrillo, cigarrillo que ha hecho que pensara un poco más en el más allá. El más allá, sin embargo, no ha contestado a sus pensamientos, no ha dado señal de que exista. Al más allá hay que imaginárselo, hay que creérselo sin verlo ni oírlo. La persona de la que estamos hablando piensa demasiado, se pierde en futuribles, busca una respuesta válida a esta mañana de domingo, pero no la encuentra. Y el más allá sigue allí, en una región recóndita y escondida de su cerebro. No todo el mundo, por las mañanas, piensa tan dolorosamente en algo que no hay en la vida común, en la vida después de la muerte, en las quimeras del alma.
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