Hay que perdonar, ya. Pero no es cuestión de perdonar sino si esa persona merece la pena. Si merece la pena que esa persona te esté dando miguitas de amistad muy calculadas. Que si vamos a tomar un café juntos. Que si voy 20 minutos retrasada. Que si estás un poco borde. La línea que separa la indiferencia de alargar el encuentro y luego, ese encuentro, es efímero y triste y rápido. Se le ha subido el cargo a la cabeza y ya solo sabe de su trabajo y de su paseo con su perrita y de sus siestas. Creo que no merece la pena juntarme con ella pues la primera pega es si me cogerá el teléfono. Ya la he bloqueado. No quiero saber más de ella. Mejor solo que mal acompañado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario