miércoles, 5 de noviembre de 2025

 A mí me habría gustado que a Federico García Lorca le hubiera gustado Nueva York y se hubiera quedado allí a vivir. Así no le habrían matado. Lorca pasó buena vida con sus amigos Dalí, Buñuel y todos los de la generación del 27. Pero no le gustó Nueva York porque se fijó en los más débiles, en los negros, en los trabajadores, en la celeridad de los días, en el abuso de la fuerza bruta de los hombres. Vaya. Él, que había llevado un vida regalada en España, no supo vivir una vida buena en la gran metrópoli. Con la cultura que hay en Nueva York. Le hubieran dado cancha ya que él era un artista de los pies a la cabeza. Pero, ya digo, se fijó en lo peor, se fijó en los maltratados por el sistema, se fijó en una clase social que no era la suya. Y se vino otra vez a España, donde había muchos tiros desde hacía mucho tiempo.

 Fue una sensación extraña que duró como media hora. No enlazaba el orden lógico de los pensamientos sino que todo en su cabeza era confusión. Había que sumar a la impresión que le hizo aquella visita por la mañana, una audición de Youtube de casi media hora; luego, escribir el folio diario de novela. Cuando apagó el ordenador, se dio cuenta de que no podía hilvanar un pensamiento concreto, que se le amontonaban frases inconexas, que no lograba recordar nada lógico. Y lo pasó mal y empezó a preocuparse si ese estado de cosas se extendería en el tiempo. Pero parece que todo se relajó y volvió a pensar correctamente, a hilar el pensamiento. Menos mal.

 La vida es injusta. A los buenos, les pasan cosas malas; a los malos les regala el destino una vida buena. Pero hay que soportar los cambios sin dramatizar. No hay tragedias grandes en la vida y, si las hay, hay que salir de ellas como se pueda. Aunque nademos en la incertidumbre, sabemos tomar decisiones, no nos rompemos. Si perdemos un trabajo, sabremos reinventarnos y dedicarnos a otra cosa. Si un hombre no encuentra trabajo en lo que estuvo trabajando puede sugerirle a su hija o a su mujer poner una tienda. No es difícil poner una tienda y vender libros, adornos, chucherías o suvenires. Hay que confiar en nosotros mismos, no venirnos abajo con manifestaciones dramáticas. El futuro está a la vuelta de la esquina y nos espera.

lunes, 3 de noviembre de 2025

 Andábamos rodeando las casas nuevas, íbamos todos en fila soñando con el cielo. Nos alertó la guadaña que fue para otros. Vivíamos pendientes de la luna y el sol. Sobrevivíamos absurdamente algunos, con tiempo para la queja y los tensos minutos. El tiempo no pasaba como debería pasar. La alegría era para otros, que guardaban su rebaño y su plato difícil. Escogíamos los días para decir te quiero y luego, ni te quiero ni te dejo de querer. Los ancianos eran tocados por el sol como tardes infinitas y los ancianos hablaban de esto y de lo otro. Yo me amontonaba como un crucifijo en las paredes blancas de una pequeña habitación.

 Me he presentado en el supermercado Ahorramas a eso de las 10:00 o 10 y media. Había gente, sobre todo, gente mayor. Yo creía que iba a estar mucho más solitario por eso de los precios pero no. He comprado amoniaco, huevos, unos espárragos, ensaladas en plástico y cuajadas y arroz con leche. Luego, me he puesto a la cola de la pescadería. Había un señor que no hacía más que pedir. Tenía yo intención de comprar solo unas sardinas pero con el tiempo que he esperado, merecía la pena comprar más pescado. Así que he comprado dos doradas y unos filetes de salmón. He ido al cobrador automático y me ha salido todo por 48 euros. La verdad es que yo creo que hay mucho producto, mucha oferta que no se compra, mucho de todo para nada. Me he tomado un café por el que me han cobrado 2, 40. he meado y a casa.



Por la calle van los habitantes de la ciudad y no se dan cuenta de que hay una guerra que dura ya casi tres años. Los ciudadanos pagan más por menos y no saben a qué se debe. Los transeúntes sufren un gobierno corrupto pero no le hacen frente. El mediodía avisa de que el sol está en su cénit y los que matan las aceras no se dan cuenta de ese detalle. Que dimita tu puta madre, dicen todos los imputados de todos los colores y signos. Arrastraba dos lentas soledades: una, la de su cuerpo ya herido y otra, la de su alma, ya rota en mil pedazos. Decía el loro en su jaula: así no se puede vivir. Tengo que salir a la calle y comprar. La mañana anda lenta, como las dos soledades.



 Voy a glosar un verso. Un verso cualquiera. Glosar, en literatura es como comentar, como opinar. El verso es el siguiente, más o menos: flores en el jardín de un diminuto bolsillo. Puede ser perfectamente que el que escribe esto, se ha metido en el bolsillo unos pétalos de flores si lo interpretamos literalmente. Otra manera de verlo es que el jardín toma la intimidad del que escribe, figuradamente, en un bolsillo. El bolsillo es la metáfora de la intimidad del que siente ese jardín. Y creo que ya no hay más interpretaciones sino es interpretar por qué el bolsillo es diminuto. ¿Quizás es más íntimo un bolsillo que es diminuto? ¿Hay bolsillos diminutos? En realidad, no hay bolsillos diminutos en los que no cabe nada. Los bolsillos están hechos para que quepan cosas. Y ahí está el truco del poema, que el bolsillo es diminuto, no siendo lógico que lo sea.