domingo, 18 de agosto de 2013

He estado viendo un reportaje sobre un pueblo de Toledo que se llama Cebolla. Allí había una fábrica en la que entraban a trabajar desde muy jóvenes, sin acabar la ESO y ahora la fábrica se acabó y todo el pueblo está en paro menos los que se dedican al campo.
Al final, mi padre va a tener razón: todo el mundo se va a tener que comprar un tractor y hale, a arar la tierra.
Mi padre dice que las bielas todavía están sin engrasar pero que la gente irá viendo que hay que engrasarlas de algún modo. El campo es muy duro pero da. La construcción y las fábricas no dan.
En mi pueblo se vivía de la construcción y ahora todo el mundo está en paro.
El campo está ahí, en cuanto salgas un kilómetro del pueblo. Como tenga razón mi padre, volveremos a escenas ya olvidadas pero seguras, como en su día lo fueron. Andar caminos viejos no significa que no lleven a ningún lado.
A veces nos preguntamos si es bueno resignarnos o debemos ambicionar algo mejor en nuestras vidas. La dificultad reside en que a la ambición la empuja la voluntad y el riesgo.
Resignarse, la resignación cristiana la vemos en este mundo consumista y competitivo como la última opción, lo último que hay que hacer.
En determinadas circunstancias, sin embargo, es buena la resignación, una parada en nuestras aspiraciones para contemplar adónde hemos llegado porque una ambición desmesurada nos puede producir un encontronazo con una realidad que no abarcamos bien.
Dice un refrán inglés: métete en la boca lo que puedas masticar. 
Todo el mundo desea mejorar, pasárselo genial. A veces, metidito en casa ves lo pequeño que eres, lo poco que puedes y te resignas, !qué remedio! con un blog que escribes a cada paso para matar el rato como se pueda.
Se oye la radio en casa. Hay un hombre solo en ella. Pasea llevando un envase, un cenicero con colillas, su propio aburrimiento pasea. Las noticias dicen que va a haber siete millones de desplazamientos en este puente. El hombre se tumba en la cama tratando de amoldarse a la soledad pero no encuentra el suficiente hueco en ella para estar a gusto, no la encuentra atractiva esta vez mientras mira al techo, mira los armarios, mira la ventana y sigue oyendo la radio que dice cosas lejanas, abstrusas, de gentes ajenas.
Se levanta a mear, se asoma a la ventana. No ve a nadie. Hace mucho calor. El hombre tiene una enfermedad y no debe ponerse nervioso. Se repite para sí: "esperaré a las ocho e iré a comerme una hamburguesa. Así se me pasará el rato". El hombre piensa, otra vez tumbado en la cama, rodeado de las tinieblas de la habitación, en cosas que estudió en la universidad. Pasa revista a los profesores, a los compañeros. Luego piensa en su enfermedad, como empezó la misma. Luego piensa que él podría pasárselo mejor pero aparta este pensamiento para concentrarse en ese profesor de perilla que dijo un día que había estado en Pekín. Luego piensa que las cosas deben ser así. Luego piensa otra vez que no. Mira al reloj: falta media hora para la hamburguesa. Ya está chupado.
Domingo de agosto por la tarde. Plena crisis. Gran vía de Madrid. Dos parejas alemanas disfrutan de un refresco en una terraza. Se hospedan en las inmediaciones. Han visto El Prado, el Museo Thysen, han comido paella y se van en AVE a Alicante para después pasar el resto de días de vacaciones en Denia. Están alegres, bromean sobre el modo de vida de los españoles, sobre la familia que han dejado en Alemania, sobre sus trabajos.
Saliendo por la calle de Alcalá a la derecha se llega a la estación de Atocha y en la línea cinco de cercanías se llega en tres paradas a Villaverde bajo. Allí, dos jóvenes españoles han decidido cogerse un "globo" de hachís. Han comprado la "mierda" en Atocha y se sientan con dos "birras" de litro en el andén, en un banco mugriento.
Uno dice: voy a fumar hasta que el cercanías se vuelva amarillo fosforito.
El otro se ha estirado en el banco, amodorrado. Mañana es lunes, no tienen trabajo, no tienen esperanzas. Sólo el deseo de que el "globo" les transporte lejos de allí, de esa estación cutre del sur de Madrid.
 Cuando una persona se pone en plan gilipollas, plan que suele ser incomprensible para cabeza humana, lo mejor es no hacerla caso porque hagas lo que hagas, la gilipollez de esa persona no comprenderá nada, tú no comprenderás nada y la cosa se pondrá peor. Y encima, tú tendrás la culpa de todo.
Lo mejor es perder de vista a esa persona hasta que se le pase el estado de gilipollez.
Para estos casos, nada como el cine o un paseo o encontrar a una persona con la que pasar el rato pero sin contarle lo gilipollas que está esa otra persona. La gilipollez no interesa a nadie.
A lo mejor esa persona pasa por muchas fases de gilipollez y es irrecuperable. Entonces es mejor pensárselo bien y abandonar a esa persona que cae tanto en la gilipollez a que le aguante otro o que vaya a un especialista a ver qué coño le pasa en la cabeza a esa esa estúpida gilipollas.
Numerus stultium infinitus est.
Caso real y aburrido y asqueroso:

La novia le dijo al novio que esa tarde noche iba a pasarla con una amiga así que el novio se fue con su hermano a ver a unos amigos al pueblo de al lado. Fueron en bus. En medio de la reunión, el novio recibió una llamada de la novia diciendo que no había quedado con esa amiga y el novio le dijo a la novia que cuando acabara con la reunión la llamaría para salir. Al acabar, llama el novio y la novia le dice que está dando un paseo con su madre. El novio le dice que va a cenar en casa y luego llamaría para salir. Cena con el hermano y en medio de la cena, llama la novia. El novio fija las diez menos cuarto para quedar. Cena tranquilamente pero recibe un sms de la novia que dice: quedamos a las diez. Cuando salían novio y hermano para salir recibe una llamada de la novia diciéndole que ya no salía, que se quedaba cuidando a su padre. La novia se pone violenta por el móvil, el novio no sabe por qué. El novio se va con el hermano a un pub pero se aburren y se van. El novio llama a la novia pero esta le dice que está en la piscina, que no sale. Los hermanos pasean por las calles y la novia no deja de mandar sms estúpidos. El novio está cabreado por tanto jueguecito. Le manda a la novia un sms: mañana no salgo contigo. Al otro día por la mañana el novio recibe un sms diciéndole que él tenía la culpa de lo que pasó el día anterior.
Pasado el 15 de agosto dicen que empieza a refrescar pero este año no. Nunca el calor y las vacaciones tuvieron las calles tan desérticas como este año. Los pueblos y las playas estarán llenas pero Madrid y aledaños parecen eriales de sol, bares vacíos, carreteras sin 
coches, la soledad más absoluta se abate sobre estas ciudades pudientes en que todo el mundo tiene unos duros que gastar viajando. Los que quedamos, pues, somos una especie de pringados de las circunstancias que nos hemos quedado a contemplar el soporífero desamparo de la ciudad.
Yo me voy mañana a Cádiz a ver qué tal. Otros ya han agotado sus vacaciones, en agosto no trabaja casi nadie. Sea porque sus padres son mayores, sea porque no se tiene dinero, sea la circunstancia que sea, el que baja al bar a matar el rato sólo tiene por compañero al camarero y al periódico infame que cuenta la corrupción asquerosa de políticos jetas y guerras en El Cairo. En casa se aburre uno solo como una ostra del mar; fuera, en la calle, siente la angustia de la soledad y este terrorífico calor que no para, que no para.
Parecer desdichado es ya mendigar.