jueves, 31 de octubre de 2013

Ha llegado el día de los muertos. Salen un poco entumecidos de sus tumbas y se dan un paseo al bar, a recordar a los mortales que son polvo y putrefacción, salen los ojos de sus cuencas inyectados en sangre, salen esas manos puercas y corrompidas a tocarlo todo, a dar los buenos días mientras una sonrisa abyecta les recorre el rostro, salen los peores muertos que no podían descansar a gusto bajo tierra por sus malos pecados y vienen al terreno de los mortales a decirnos que se está muy mal enterrado y reconcomido por la mala conciencia que dan los vicios y los crímenes cometidos cuando vivos, salen los muertos, salen a ver a los vivos y a recordarles lo feo que se está bajo el imperio de los gusanos hambrientos de carne inerme.
Y salen los muchachos de sus casas y van a buscar caramelos disfrazados de brujas y demonios y otras cosas peores y ensayan con el vecino el truco o el trato, el truco o el trato y así pasa una jornada en que reina el poder de la ultratumba más radical.

domingo, 27 de octubre de 2013

Ese día de domingo él estaba instalado en el sábado, creía firmemente que el fin de semana se estiraba como la goma. Quizás tuvo que ver que el sábado fue tranquilo e insulso como el pan sin sal.
Habían ido los tres a la sierra a pasear y se quedaron solos en el camino de montaña cayéndoles la noche encima. En el bar del puerto, cuando salió a fumar un cigarro el escenario era espectral, con la oscuridad reinante por las dos vías que conducían hacia otras montañas, solo se veía a doscientos metros el cruce de las carreteras, un símbolo de lo que le ocurría a él porque se le cruzaba un destino incierto, muy poco alumbrado en su vida. Un camino se agotaba y otro cruzaba pero estaba oscuro y gélido y fantasmal.
Ya por la autopista se centró en pensar que era domingo pero a la vez no le gustaba, quería seguir instalado en el sábado pero tampoco sabía qué tenía el sábado de especial como no fuera la antítesis del domingo, en el que todo es claudicante y fatal como un abismo. Ya en la cama, se dio cuenta, por el silencio reinante, que la día siguiente, muchos madrugaban, muchos madrugaban.

sábado, 26 de octubre de 2013

El hombre abrió la puerta despacito y dijo, dirigiendo su voz en la penumbra: "¿me perdonas?"
No halló respuesta. Sabía que su mujer estaba tumbada en la cama y le molestaba grandemente que ella siempre eligiera el mutismo en su enfado, un enfado muy particular, muy suyo.
Se fue al salón. Rememoró aquella tarde pasada con ella en su ocupación favorita, la lectura. Después de leer un pasaje en el que se cantaba a la juventud y al amor, él le dijo a ella que le gustaría que ella volviera a tener veinte años y ella se enfadó. Ella se fue a la habitación sin decir nada y no le había hecho café y no había comido con ella las galletas que compraban juntos en el supermercado.
Al hombre le gustaba ahorrar electricidad así que no dio la luz y se quedó allí a intervalos en los que se asomaba a la habitación y volvía a implorar tímidamente perdón sin respuesta alguna. El hombre pensaba: "no sé si es orgullo, vanidad o demencia senil. No sé por qué se amotina esta mujer por la edad, últimamente. No se puede hablar de su edad. Debí ser más cuidadoso. El otro día me dijo que nunca ha sido tan bella que a los ochenta. A este paso, nos encierran en una residencia". El hombre lo intentó de nuevo tras estas reflexiones. Le perdonó y le hizo prometer que no pondría más en duda "su juventud veterana". Luego le dio un beso pero el hombre estuvo pensando de más en la cama y le costó coger el sueño.
¿La vida es vulgar?¿Uno mismo es vulgar?¿la gente con la que se cruza uno es vulgar y así hace la vida vulgar?¿Hace falta hacer un esfuerzo para que la vida no sea vulgar?¿Tomando un café con una persona interesante la vida es menos vulgar?
La respuesta a todas estas preguntas que me hago a mí mismo creo que es que cada uno ha de saber transcender su propia vida del modo que sea porque la vida, en sí misma es vulgar; es, básicamente, más plana que un plato vacío.
Hay que llenar ese plato vacío de comida elaborada, de manjares que han tenido un trato delicioso en una cocina, en la cocina del ingenio.
No nos podemos limitar en la vida a pasar por ella como un televidente más. Hay que actuar, hay que ir de juerga, hay que querer a una mujer o un hombre lo mejor que se sepa, hay que ir llenando el lapso de tiempo en que el sol sale y se pone con actividades enriquecedoras de nuestro espíritu, no de nuestro estómago. Por ejemplo, podemos leer y después, agradecer nuestra dedicación intelectual comiéndonos un bombón de chocolate. 
Los cuentos infantiles se cumplen una y otra vez. Por eso son tan repetidos, traídos y llevados. ¿Quién no ha conocido a una Cenicienta que desea que sus sueños se cumplan? ¿Y quién no conoce a alguien que se fió de un lobo y ahora anda llorando por los rincones?
La literatura de autor, sin embargo, es más compleja porque lleva en sí sentimientos más complejos. "La metamorfosis" de Kafka quiere retratar un abuso que hace una familia a una persona de la que depende toda esa familia y también el absurdo de vivir como una máquina, como una animal las relaciones personales.
Parece que de obras literarias como "Por quién doblan las campanas" no se extrae una lección tan inmediata como de "Caperucita Roja" que es muy fácil de entender. La primera tiene un escenario: la guerra civil española y Caperucita no tiene tiempo, ni lugar ni nada, por eso es tan sencilla y comprensible.
Los personajes deben ser todo lo universales que puedan para que perduren, si no, pasan a estar en el campo de la erudición literaria y no en la cultura diaria de todos los hombres.
Tener deseos y encontrarte con el muro de tu propia incapacidad, envidiar al que ha conseguido algo en la vida, eso nos ha pasado siempre a todos. Lo mejor es no ansiar demasiado eso que queremos, tomárnoslo con toda la calma posible e ir poco a poco.
No me refiero a tener el coche que tiene el vecino, que también crea envidia, si no envidiar todo un modo de vida que se ha alcanzado con mucho esfuerzo.
Hay una expresión que explica este sentimiento: "estar en la pomada", en la pomada de lo que sea, a cada uno le gustaría estar en una pomada diferente, según sus méritos.
Cuando yo era joven envidiaba a aquellos que llevaban una cartera y parecía que venían de hacer algo importante e iban a hacer algo importante en cuanto se tomaran un trago.
Luego yo di clases e hice esas cosas importantes que yo envidiaba a otros, aunque yo creo que lo que hice era de relativa importancia por más que analizo quince años de docente. Por lo menos, llevaba una cartera de allá para acá y algo enseñé y algo di de mí a los demás. El difícil mundo editorial seguro que me cerrará las puertas a cuantos intentos haga yo de publicar pero lo seguiré intentando. Dice un refrán húngaro que si quieres ser papa, te lo tienes que meter en la cabeza.

viernes, 25 de octubre de 2013

La vida en común trae quebraderos de cabeza o inspira un montón; lo que no se le ocurre a un miembro de la familia o núcleo que convive se le ocurre a otro y de ahí que unas veces nuestros compañeros de piso nos molesten o nos complazcan.
Mi hermano con el que convivo no me ofrece grandes ideas para la novela, ni siquiera hablamos de literatura y eso que él ha leído un montón. Lo que sí le voy a pedir es que se lea mi borrador de la novela y me dé su opinión. Sé que va a ser sincera y crítica como la que más precisamente porque es muy leído y no le duele sacarme los errores; es más, disfruta con ello y se puede reír de mi invención.
Mi hermano se suele quejar de cosas prácticas de la casa y también ha sido de ayuda en muchos otros aspectos de la vida en casa y fuera de ella.
El que está solo sí que creo que es digno de ayuda por nuestra parte si nos la pide porque sólo tiene una cabeza para ponerse de acuerdo y eso, a veces, es difícil. Las penas compartidas duelen menos como menos son los desencuentros si estamos solos.