sábado, 8 de junio de 2013

Yo me maravillo de todos los libros que se publican en España, de todo lo que se recomienda para leer.
Yo he leído un poco a los clásicos por la carrera de letras que hice. Los clásicos son buenos pero difíciles.
Pero creo que dentro de todo lo que se publica, en medio de todos los libros que nos podemos encontrar en una librería, por lo numeroso, por lo grandilocuente, por lo pueril y por lo arbitrario, no todo puede ser bueno.
Yo creo que los escritores de hoy en día mezclan los crímenes con el amor, el amor con la Historia, la Historia con lo personal, lo personal con un intento de impactar literariamente, el culo con las témporas, finalmente.
Yo no estoy acuciado por la lectura. Yo lo que quiero es que se llegue el lunes para escribir. Yo no atiendo a "lea esto" o "lea aquello" sino a "voy a escribir porque me gusta" y luego, si alguien me lee, fantástico.
Sólo pretendo en mis historias que alguien se pase el rato y aprenda algo.
Mis historias tienen la importancia de lo que pasa por la vida; esto es, muy relativa.
No aspiro a ser un gran escritor. Si un día lo soy, será por mis lectores, no por mí mismo.
Soy como Baroja, que decía: de lo que se trata es de pasar el rato.
El hombre apareció en la calle como de improviso. Le gustó su barrio de repente. Ese barrio que había pateado tanto yendo a la compra, a quedar con su novia, a tomar un café.

Pero esta vez no sabía por qué había salido a la calle.

Y dio vueltas a ver si veía algo que le sorprendiera o le motivara bajo un cialo que anunciaba tormenta y quizás fuera la tormenta lo que le sorprendería pero no llovió en todo el rato que estuvo en la calle.

Y no vio nada.

Vio una niña de trajecito estampado que jugaba afanosa en un tobogán con su madre al lado leyendo una novela inmunda, como son ahora las novelas.
Vio un señor en una tienda, aburrido, mesándose los cabellos porque la crisis hacía que no entrara nadie a su tienda.
Vio una tienda de chinos muy oscura y llena de artículos pero también vacía y al chino se lo imaginó viendo una película en un pequeño televisor.
Vio, en fin, a sus propios pasos que andaban sin forma alguna, sin camino alguno, hasta que llegó a casa.

Y en casa, después de sentarse y fumar un cigarrillo, se sintió extraño y vacío.

Como la cáscara de una nuez que no tuviera carne dentro.

Y deseó estar en otro sitio mejor, con más atracciones, con otros escenarios y perspectivas, con el querido mar al fondo, con un amigo para contarle que se sentía como una nuez hueca pero no consiguió más que una amargura le recorriera, la amargura de la nada, la amargura del aire vacío de la nuez.
Las personas nos vamos forjando. Primero somos un hierro cualquiera, divertido, ocupado, virgen como una verja, como un rastrillo, como una badila.
Luego, nos meten en el fuego a todos y dejamos de ser eso que éramos y pasamos a ser otros hierros pero fundidos ya por el fuego.

El fuego es la edad que pasa.

La edad nos moldea y hace de nosotros otros usos, otros aconteceres, otros hábitos.
Al que le va bien, con el tiempo mejora aunque envejezca: ocupa un estado mejor en la sociedad, en su tiempo libre, en el trabajo, en la familia.
Al que le va mal, todo se le desmorona y ya no es ni sombra de lo que fue. Digamos que la forja le ha ido mal. Antes era espada dominante y con la fundición se ha vuelto tenacilla grosera.
Esa es la función del paso del tiempo: ir poniendo a unos en un sitio y a otros en otro. Pero esta función es aleatoria. Con el tiempo pasan cosas aleatorias como enfermedades, accidentes, desamores, locuras, desavenencias, traiciones, juicios, ruinas económicas o personales, etc. Todo pasa aleatoriamente. No podemos buscar explicaciones a lo que nos pasa cuando pasa el tiempo. Simplemente, las cosa pasan, la forja funde el metal, nuestra cabeza da un vuelco y el corazón otro y encima somos más viejos.
Pero hay casos en que la persona en cuestión sí parece buscarse su destino, aceptado después o no.
El caso es que hay que ser valiente no en el sentido de tomar un castillo, como en las películas sino valiente para conservar la sonrisa después de la forja, del cambio, de la edad, del duro paso del tiempo.

viernes, 7 de junio de 2013

Había soñado aquella noche que estaba en un rincón de África en compañía de alguien no muy aconsejable. Había soñado con animales y con manifestaciones brutales de personas de instintos indeseables. Había soñado con humillaciones, con evidencias de cosas que no sabía pero que en el sueño se hacían una verdad hiriente.

Por eso, por la mañana, una mala sensación le acompañaba. Una sensación desagradable y pegajosa que se le había quedado metida en la mente como un gusano, como un insecto de patas sucias.

Y fue leyendo libros como consiguió que tal sensación se paliara un poco hasta desaparecer a la hora del mediodía, cuando ya las horas matinales parecen lejanas y abotargadas en el recuerdo o ni siquiera existen ya.

Y parecía haber vivido esta sensación antes y por eso le parecía más duradera. Y es que los malos sueños son reflejo de una realidad no querida.

El día estaba desapacible y la idea de que tenía que cocinar tampoco le gustaba, le daba repulsión pensar que por su estado de desasosiego la comida le había de salir mal y su compañero de piso y él malcomerían y se darían a los diablos.

Pero todo transcurrió más normalmente de lo que esperaba, todo salió como tenía que salir y poco a poco, en la mañana se restableció la normalidad de lo que es normal en todas las casas.

jueves, 6 de junio de 2013

Desde el acantilado, el mar parecía una sábana azul, lisa y conforme a tenderse en ella.

Mario iba a pescar.

Había bañistas tomando el sol en tumbonas. La mañana parecía de seda azul como la bata de una chica guapísima que saliera al balcón a  saludarnos.

Poco a poco, el sol se fue alzando como un trofeo para todos los que estábamos allí.

Las vacaciones no podían ser mejores. Habíamos hecho amigos y la temperatura no podía ser mejor.

Madre compró empanadas en el mercado.

Pero Luisa se rompió la pierna de la manera más tonta.

Con paciencia y patatas se va adelante.
No siempre estamos en la mejor de las posiciones. Por eso hay que echar mano de la paciencia y decir: ya vendrá algo mejor. Ya dije que esta vida es como vivir en un hotel: las puertas están numeradas y hay una que se va abrir y allí está nuestra oportunidad.

Hay veces que los malos pensamientos nos tienen en jaque: deberíamos hacer esto y no lo hacemos, yo debería ser así, como ese o como el otro y no lo soy.

A veces el simple azar, the simple twist of fate hace que todo cambie.

Hay gente que no puede confiar ni en ese cambio de hado o de suerte.

Pero poco a poco, analizando la situación, veremos que podemos hacer cambios pequeños que nos hagan estar a gusto con nuestra situación y sentirnos mejor.

Es como un mendigo que veo yo siempre en el mismo sitio: su situación es pésima pero por el semblante que tiene el hombre, parece que ha adecuado su vida a estar lo mejor posible.

Si un mendigo puede estar conforme a situación, ¿cómo no podemos nosotros estarlo?

A veces se trata de cambiar de hábitos, otras veces se trata de introducir pequeños cambios. Siempre se trata de hacer cosas que nos motiven.

La ley general es hacer cosas que nos gusten o nos motiven sea esto por acción o por omisión.

martes, 4 de junio de 2013

Estoy rodeado de amigos que tienen un montón de horas sin saber qué hacer.
Yo escribo una novela de 4 a 6 de la tarde.
Estos amigos no han ejercido un trabajo durante mucho tiempo ni yo tampoco.
Por las mañanas no se me ocurre nada literario. No tengo la cabeza centrada a esas horas en que me levanto pero he trazado un plan de lecturas para la mañana.
No viajo. Debería viajar un poco como cuando estaba trabajando y daba vueltas por los barrios de Madrid.

Las mañanas son más azules, de un cielo claro como mi mente absurda y deshilachada. las lejanías que yo pretendo duermen más allá de mi ventana y quizá me esperan pero yo no doy ni un paso. Las nubes son como algodones que esperaran una herida, un rasguño o una brecha sangrante.

Deseo controlar lo que fumo para que sea poco.

Quizá la respuesta a todo lo que me pasa es un autobús con dirección allá lejos pero no saco el billete maldito.

Una mochila, una cuaderno y un boli y calles nuevas por las que andar y andar mirando cosas.

Esta tarde me espera la novela.
                                         Después del café y la pequeña tertulia.

Sigo esperando. Esta espera quizá se resuelva en algún acontecimiento reseñable.