sábado, 2 de diciembre de 2023

 Ya es machaconería en este blog hablar del ayer y de cómo pasa el tiempo. Pero es que lo hacemos todos los días de nuestra vida. Todos los días nos damos un baño de realidad y nos vemos más viejos. Es algo humano. Es el pan nuestro de cada día. A no ser que estemos en una situación de buscarnos la vida diariamente como por ejemplo se la buscan los sin hogar en la calle. Esos no tienen tiempo para consideraciones estéticas (me quedo calvo, me ha salido una arruga, estoy más viejo...) ya que tienen que comer y buscar un sitio para dormir. Comer una comida que no es suya y dormir en sitios que no son suyos, todo es dado. Envejecer no es lo suyo. Lo suyo es luchar para pasar otro día con el estómago lleno. No hay en ellos consideraciones sobre el paso del tiempo. El paso del tiempo les avasalla a ellos en la calle mendigando quizás para un litro de vino que les haga olvidar su funesto pasado, su triste destino y su penoso presente. No hay transición para ellos entre el pasado y el presente. Es todo una secuencia de infortunio. Nosotros sí tenemos un espejo o un recuerdo de nuestro pasado metido en la sesera. Vivir en la calle tiene el ritmo de la novela de aventuras y en la aventura no pasa el tiempo, no da tiempo a pensar en el paso del tiempo.

Recordó su pasado.

le supo insípido, como el agua, como el aire.

 Ayer pusieron "Rencor" en el programa de películas españolas de la 2. Yo ya la había visto. Es buena. Sale Lolita. Una que vi que me gustó este año fue "Las historias del Kronen". No cabe mayor asquerosidad del ser humano que en esta peli. Pero es buena. Salió Antonio Resines entrevistado. Dio mucha importancia a su calvicie. Dijo que el Psoe es español. Todo el cine español adolece de lo mismo. Los días que vienen no tienen otro significado que unas horas que hay que matar como sea. Hay un puente en el que mucha gente se irá. ¿Dónde está la crisis? ¿O solo se van los ricos? El caso es que me quedo en tierra otra vez. Me hubiera gustado una escapada. Ayer le hablé a Paco de ir a Almería, donde quizás no exista el invierno. Luego, Paco me habló de Las Vegas, una ciudad artificial. No sé a qué venía esto de Las Vegas, ciudad en un desierto cuyo abastecimiento de agua se hace por medio de un lago a 70 kilómetros de distancia. Pero, ¿a qué venía esto? Yo estaba hablando de Almería, quizás de Murcia. Paco se desvía de la conversación hasta hacerla absurda o incomprensible. En fin. El martes saldrá gente por un tubo a lugares de ensueño, de tranquilidad y naturaleza pura. Vivan Las Vegas.

Se fueron muchos de la ciudad

antes de que llegara la navidad.


viernes, 1 de diciembre de 2023

 El ayer serán días que nunca jamás volveremos a vivir. Por eso hay que hacer cosas hoy antes de que se conviertan en pretérito triste. Es una ley dictada por nuestra propia existencia de humanos pobres que no podemos retener ni un minuto del día pasado. La vida se compone de unos hechos que van pasando y no vuelven. Dice un refrán que lo hecho vale más que Dios. Es una exageración. Como Dios no hay nada grande. Pero debemos hacer cosas. Nuestro quehacer es hacer cosas para que no nos pille el ayer en nuestro presente, en nuestro día. Las cosas que sucedan no volverán. Debemos estar orgullosos, quizás, de ver las cataratas del Niagra. Debemos estar orgullosos de haber ayudado a alguien cuando lo necesitaba. Debemos hacer algo por los demás, debemos impedir que nos pille nuestro presente con un pasado huero.

Y soy como uno que vive en una casa solitaria de una gran ciudad,

esperando, solo esperando que todo concluya. 

Con olor a chorizo en regüeldo y a ropas sudadas, ese es el panorama de la plaza pública. Pero no es todo feo en esa plaza. Hay niños, míralos, y hay mayores que quisieran ser esos niños que ríen y juegan infinitamente, pues infinita es la niñez, la infancia de los pequeños. Todos deberíamos asemejarnos a esos niños que viven del sol, que despiertan y corren ya por la casa como si no fueran a crecer nunca. Hay que imitar a esos niños y disfrutar de los minutos como el agua. Que estén cerca los niños de uno y de todos porque los niños son como el divertimiento de Dios aquí en la Tierra. Ellos dan sabor a la comida diaria, a los días aburridos, a la mañana terca y a la noche larga. Hagamos caso a los niños porque ellos son los que tienen razón, ellos los que irán al cielo. Que un niño habite nuestra madurez llorosa, que un niño nos oriente en nuestros días de pena, de no ver a nadie, de no saber vivir el sol.

Pero el sur no existía:

y todos hicimos lo posible para que existiera. 

 Veo a mi hermano fumar como si no hubiera que hacer otra cosa. La luna ilumina las espigas futuras, las llena de su soledad brillante, como si las acariciara. Y todos vamos hacia un futuro callado y tranquilo, sin los sentidos que nos adviertan el color y el tacto de la vida. Vamos todos los que aquí estamos a un parto oscuro en que los ojos se nos vaciarán, las manos ya no tocarán nada. Y nos espera al fondo de ese nacimiento, una voz que nos guiará, nos introducirá en un mundo más real que este en el que estamos. Tocaremos las estrellas de una en una, pero no con la mano ni con la mirada, sino con el corazón que aquí abajo se muere de pena, sufre solo, cansa su latir al ser humano que somos. Y si no hemos cumplido con el hermano, con el hijo o con la esposa, estaremos más tiempo mirando como bobos las estrellas sin poderlas sentir vivamente.

En los meses de aquella primavera

pasaron los dos, andando lento, mirando suave.

 Los árboles están en paños menores, solo unas pocas hojas les cubren. Se ha cumplido el ciclo que se inició en la primavera. A lo mejor, los árboles han estado dormidos todo ese tiempo, no lo sabemos. No sabemos si los árboles duermen. Quizás se descubra esa misteriosa faceta de los árboles en un futuro. Los árboles duermen. Y quizás sueñen. Los álamos con las palmeras sueñan. No estamos solos, sin embargo. Todo el mundo desea hablar con el otro medio mundo que no conoce pero las trabas sociales impiden esa conversación. Pasamos por delante de la gente y no decimos: hola, ¿cómo se llama usted? No lo hacemos por el peligro que implica meterse en los otros, hablar de uno mismo a los desconocidos, saludar a ese que está sentado en un banco solo, solo viendo pasar la mañana como se pasa el pájaro cantando en su jaula. Y nos podemos inventar un mundo propio o escribir una novela por las tardes, pero eso da igual, la soledad se te queda pegada como la nicotina a las arterias.

Seguro que en primavera pasaron por aquí,

esos dos locos que intentan sobrevivir de su locura.

 Anda la gente desocupada vagabundeando por la ciudad, a ver si encuentran una puerta abierta, un encuentro que les ilumine el día. Pero poco encuentran. Hoy no hay nada que encontrar más que el frío de la mañana de un invierno anunciado ya en noviembre. En la frente de los ciudadanos hay un clamor de sangre, un movimiento que quizás rijan las estrellas, allí arriba. Pero todo es un bucear en el aire a ver si hay algo que perdure, algo que permanezca de nuestra juventud ida. Y no queda nada. Todo  es nuevo, todo carente de interés. Uno lee el horóscopo como podría leer un panegírico de su persona y no lee nada, nada que surja de un corazón amigo. La vida se arrastra, los gestos del público son gestos sombríos. La gente se acopla a un aburrimiento feroz, a un absurdo que simplemente es el paso de los días, el tiempo que huye, la brevedad de la vida.

Las hojas que caen, amarillas, pretenden estrujarme el corazón

pero yo aguanto ese atrevimiento, ese hosco trato.