domingo, 1 de junio de 2025

 Aunque ahora se dice que con una carrera universitaria no se consigue trabajo, no nos engañemos: una carrera universitaria es muy útil en la vida porque te da una dimensión de la vida mucho más objetiva y clarividente. Lo que aprendí en Filología, no tiene precio. Me dio una visión de las cosas muy comprendedora del mundo que habito. Estudié historia, gramática, literatura, alguna lengua, etc. Eso te da amplitud de miras del mundo en el que vives. Puedes comparar el mundo actual con el mundo de antes, puedes conseguir habilidades que no tiene todo el mundo, como la ortografía, la retórica y un estilo de escritura que dan los años leyendo y leyendo libros y escribiendo.

Filología:

un filón de saberes.

 Creo que esta tarde, si no me fallan las fuerzas, volveré a escribir aquí alguna cosa. No sé por qué me sale escribir del paso del tiempo. Es lo que más me sale. Del amor qué coño voy a escribir. Según una canción, el amor son dos tontos bajo la lluvia y sin paraguas. Creo que no tengo envidia a nadie en general. Sí envidio a los que tienen libertad para viajar, no tienen que tomar pastillas, no tienen que estar pendientes de una enfermedad, no tienen que estar pendientes de un ánimo que se mete en la euforia o que se pasa a la depresión. Tengo algunos años ya y no puedo hacer excesos.

Mi enfermedad:

imprevista, traidora, feísima.

 Nunca he tenido un ordenador mejor. Va rápido y me obedece en todo. Habría que considerar si este verano puedo meterme en alguna historia de esas que tengo por ahí inacabadas. Las horas de la tarde, hasta que caiga el calor para dar un paseo o que cojamos el coche para ir qué sé yo, a algún lado más fresco, las iré racionalizando de tal manera que estaré un franja de hora escuchando la radio. Otra franja, leyendo un libro y otra, quizás, escribiendo una historia de esas que tengo. Parece que mi oficio este tiempo que dejé de ser profesor, es escribir. A lo mejor, mis escritos valen algo si se publican. Desde luego, yo ya he leído muchos diarios que son bodrios a 20 pavos. Me sorprendió, por el aburrimiento que me produjo, un libro de un menda con ELA y que es homosexual y es no sé qué pop.

Mis escritos creo que son valiosos.

Sería cuestión de publicarlos.

Vendrán días que contengan un aburrimiento en sus horas. No creo que venga un verano demasiado caluroso, como tiempo atrás. Mientras pueda escribir aquí cómo me siento, creo que tendré un apoyo moral porque con estas líneas me desahogaré. El verano pasado no fue demasiado caluroso. Recuerdo que hasta mediados de julio no hizo un calor anormal. No tuvimos que poner el aire condicionado. Me acuerdo ahora de un cuento de Cesare Pavese en que los protagonistas se emborrachan matando así el tedio de sus vidas. Yo no puedo emborracharme. Escribiré cuando me llegue la fealdad de la vida, la estupidez de la existencia.

Tristes momentos de no hacer nada.

Escritura sacada de la raíz de las cosas.

 La brisa de la mañana ha parado de correr. He cerrado la ventana, que no entre el calor. Los gorriones pían un piar enorme y aterrador. Los álamos están quietos, muy quietos. Andarán las locas por la ciudad, haciendo compras. El cielo también parece parado, exangüe o dormido muy azul claro, muy desleído, como la leche en el agua. Los alumnos a los que di clase ya son camareros, madres, peluqueras o policías. El miedo va desapareciendo, el miedo al futuro, el miedo a las gentes. Mi libro de gramática ha muerto hace ya unos años. En la montaña, allá arriba, duerme el sol y el viento y el fresco que los habita, tan alto, dan placer a la piel.

Duerme el sol a los 1600 metros.

Ya no hay niños que digan: caramba.

 Quizás no debamos abandonarnos al sentimiento de creernos frágiles y efímeros y transitorios. Quizás debamos agrandar nuestra persona hasta que se desborde con los demás. Los demás son la coartada del vivir. Los demás nos ayudan a ver el objetivo de nuestras vidas. Los demás nos necesitan vivos, no dolientes de los días que nos arrebatan el rostro y las carnes. Vamos en un rebaño, cada madre conoce a sus corderos por la forma de balar. Vamos en un montón cada uno, un montón de dos o cinco o diez humanos. Cada uno ha de hacer valer su valía, válgame la redundancia. Y ser generoso. El tiempo no solo es tuyo. Tu tiempo también es de los demás.

Cuando desaparece el egoísmo,

se empieza a ver los claros de la bondad.

 En la copa de un árbol cae, pesado, el vivir. Cumplir días y años conduce a una melancolía trágica. Hay gente que ríe y ríe y llena la tripa y no se acuerda de un ayer. Conmoverse con el tránsito del sol trae al corazón una pena. Es difícil negar que somos carne, que los buitres del tiempo rondan el cadáver de cada uno que anda por la vida. Es triste nuestra condición de humanos. Metamos el brazo hasta el hombro en nuestros empeños vitales, en nuestros rezos a Dios, en nuestros amores diarios. Hay un hermano, un hijo, una mujer que merecen nuestras atenciones más profundas. Procurémoslas pues, ya que pronto seremos materia oscura que no podrá decir ni ay.

Como humanos fabricamos sentimientos.

Sea el sentimiento de generosidad el más gastado.