sábado, 9 de febrero de 2013

Ya no me asombra levantarme tarde. Para lo que tengo que hacer... Lo he tomado como una costumbre. Una costumbre un tanto fea pues se dice que al que madruga Dios le ayuda aunque es un mero refrán que tendrá su contrarrefrán aunque yo no lo he encontrado todavía; podría ser: de grandes madrugones estamos hasta los cojones o algo así.
Lo que me asusta un poco es la inapetencia que he tomado a leer y a escribir, actos que me distraían siempre día a día.
He leído un artículo de Francisco Rico, eminente filólogo, sobre los papeles de Bárcenas. Dice que son falsos. Que se escribieron de una sentada. Cita el trabajo filológico que él tuvo que hacer para deducir la biografía de Petrarca. Petrarca lo que hacía es tergiversar su propia vida o la narración de su vida.
Bueno, el caso es que ayer estuve en el Kentuky, local al que voy los fines de semana y me aburrí sobremanera. Encima, un tipo al que conozco se portó de manera un tanto escandalosa a mi modo de ver. La verdad es que está un poco imbécil, le daremos de lado.
La novela que escribo se ha estancado de una manera persistente y he de buscar el modo de continuar con ella aunque sea de modo un tanto arbitrario. Necesito esas dos horas escribiendo cada tarde.
Supongo que me inventaré un personaje nuevo que meteré en la historia aunque sea de canto, para que la historia siga.
Los ejercicios domésticos como fregar, limpiar o cocinar también me entretienen un tanto, así que seguiré haciendo cargo de ellos porque no me sale ni una linea como Dios manda últimamente.
Como dice una canción de Serrat: me distrajo un vecino que también no hacía más que rascarse la cabeza. Así ando yo: rascándome la cabeza que es un primor.

jueves, 7 de febrero de 2013

Hoy ha sido de esos días en que las cosas que veo muestran unas aristas hoscas, mostrencas y muy ordinarias. Parece como si la inspiración hubiera muerto para siempre y veo taxistas, tenderos, jubilados que se cargan de carne y hueso y aburren mi mirada desesperada por que haya algo de espíritu por la calle a la que doy vueltas como sonámbulo.
La poesía está en otro lugar, en otras mentes. Por aquí, no hay otro estímulo que un café con leche en un bar efímero y diario como los gorriones que apestan a mediodía y a migas de pan.
Será la condición de mi enfermedad que me hace estar un día muy eufórico y entusiasmado y otros se me cuela dentro un aluvión de aburrimiento que me hace vagar de aquí para allá sin centrarme en maldita la cosa.
Me está costando escribir todo esto porque no tengo maldita la gana de escribir pero tampoco tengo ganas de tumbarme y escuchar la radio ni ver la bazofia que echan por la tele y ya me he dado todos los paseos posibles de lado a lado de la calle y todo está vacío como  si la gente huyera de este frío y de este tedio de vivir y se hubiera refugiado en el aburrimiento de estar sentado y por lo menos no estar muerto o sufriendo los horrores de estar loco.
España va mal; los españoles, fatal y a la poesía y a las cosas bonitas de este mundo les han dado más ostias que a una estera y están en rincón a ver cuándo pueden salir de su agujero.
En este invierno, la gente no habla más que de cosas desagradables como la corrupción y los políticos de mierda que nos gobiernan. Yo ya no hablo de eso, me da asco. Ojalá un huracán selectivo se llevara a otro confín a todos esos mierdosos y a todos los que hablan de esos mierdosos y no los volviéramos a ver jamás.
Quizá el arte nos salve pero no sabemos ya ni qué cosa es el arte.

miércoles, 6 de febrero de 2013

En la vida, hay veces en que la situación en que vives y tu estado mental no cuadran, no están a gusto la una con el otro. Esta situación de inestabilidad, desenfoque o confusión la he vivido yo varias veces por el hecho de sufrir una enfermedad mental. A veces, es grave el deterioro que se produce cuando uno no encaja bien en la realidad y hace cosas o piensa cosas que le producen daño a uno y no sabe cómo salir de esos pensamientos y le tienen que ayudar a uno con medicación o uno tiene que tener fe en que el paso del tiempo remedie esa locura de uno. Pero mientras está en ese proceso de confusión interna, uno no se da cuenta de la misma pero sufre igual.
Cuando yo me iba dando cuenta de lo mal que me iba como profesor, daba igual que pasara el fin de semana con mi novia en La Granja viendo cosas bonitas porque yo estaba tan deprimido que todo me daba igual y caminaba como un autómata y pensaba siempre el mismo bucle obsesionante y destructivo. Todo era imaginarme ante los alumnos, salirme mal las explicaciones y vuelta a empezar. Así estuve un año en que la realidad en que yo vivía era hostil, laberíntica y deprimente.
No cambiaba la cosa el hecho de que yo pudiera seguir una conversación y dijera alguna cosilla como para distraer la atención sobre mi estado triste y desabrido. Yo sabía que lo estaba pasando mal y que la solución, por aquel entonces, no la alcanzaba. Me sentía incomprendido y solo ante mi problema. Y solo lo logré solucionar casi sin el consejo de nadie. Con la jubilación me liberé de muchas cosas y perdí otras.

Lo que pasa ahora es que cuando veo ciertos semblantes por la calle, me reflejo en ellos y veo en ellos las situaciones por las que pasé yo. Es el gesto que se refleja en algunas caras lo que me lleva a pensar que esa persona está pasando por una situación que la sobrepasa y su estado mental se ve aquejado. Hay algunos que logran disimular tal situación y otros que se hunden en insondables estados de postración.
Lo que quiero decir es que la vida se puede torcer y no dar tiempo a la mente a seguir esa nueva perspectiva que adopta nuestro nuevo modo de vida, quizás diferente o peor de en el que estábamos antes con lo que nuestra mente sufre.
Mientras yo estaba de interino, el oficio de profesor era algo no pensado por mí. Solamente yo lo ejecutaba. Cuando empecé a fallar en mis clases, no paraba de dar vueltas al hecho de ser profesor y concluir a cada paso que estaba lleno de obstáculos insuperables por mí. Pensaba mucho en la burocracia docente, en la gravedad de los exámenes, en la opinión de los padres como impedimentos de mi tarea cuando antes ni se me ocurría pensar en esa gravedad. 
Hay pensamientos altamente incapacitantes cuando uno tiene la mente predispuesta a que todo te resulte difícil o imposible y una situación de optimismo vital derriba muchas trabas a la hora de llevar algo a cabo.
Hace quizás un par de meses, la realidad que yo vivía no encajaba bien o del todo con mi manera de pensar o sentir las cosas. El hecho de escribir yo una novela no lo valoraba, mis amistades no me satisfacían, pensaba que no hacía más que perder el tiempo, deseaba emplearme en algo más útil. No sé. No iba yo con los tiempos en que vivía. El caso es que con la entrevista que tuve con Antonio Salgado, mi antiguo compañero de estudios universitarios, y nuestro intercambio de blogs y las valoraciones que me hizo sobre mi blog, salí de ese bucle de inutilidad en el que lo metía yo todo y vi que alguien valoraba lo que yo hacía y empecé a sentirme bien con lo que hacía. No en vano, la primera utilidad que tiene la literatura es para quien la escribe, que se entretiene. Luego da igual si lo lee alguien o no. El caso es que has formado un mundo circular y con sentido cuando pones el punto final a la historia.
Así que ya he visto yo cómo he salido de una situación en que mi mente distorsionaba una realidad halagüeña para volverla mala y por fin, cuando hago algo, aunque sea despertarme a las once, no tiene ya esa connotación inútil y perezosa que yo antes le daba.




Sonaban cumbias en mis oídos, sonaba Bob Dylan y Eric Clapton. Sonaba Neruda. El vagón iba traqueteando camino de casa. Ya quedaba atrás una maraña de explicaciones ante una pizarra. Ya me había ganado el pan y mi espíritu descansaba. Pero otras veces, cuando estaba empezando en el oficio y los alumnos eran muy malos, la sensación era de desconcierto y confusión pues lo había hecho mal. Había que intentar, al otro día, que me saliera mejor.
Cuantas veces he oído esta advertencia: "debes imponerte" y me ha llenado de rabia oírlo y me ha ha llenado de rabia el que lo ha dicho. Porque yo creía que no debía imponerme a nadie. Yo deseaba explicar y dar ejemplo. Yo no era ninguna autoridad en el aula, como un guardia de la porra; yo era un profesor que tenía unos conocimientos y unas habilidades para dar a conocer esos conocimientos. Lo malo era que a veces la indisciplina cundía entre esos chavales o la hiperactividad o las pocas ganas de hacer algo o la rebeldía de negarse a aprender. Qué sé yo. Lo que quiero decir es que yo no podía imponer nada sino que debía proponer otro comportamiento en ellos, unas ganas de aprender, una utilidad en lo que yo explicaba. Conocía profesores que, ante clases rebeldes, lo que hacían era tenerlos copiando toda la hora. No sé si tenía aquello algún sentido. Creo que a veces, los alumnos no sabían ni lo que copiaban, sólo copiaban. Yo no pretendía eso y mi imaginación daba vueltas y vueltas sobre lo que debía inventar para que la clase aquella aprendiera algo. Y no me inventaba sólo copiar, sino estrategias de aprendizaje que surgían de hablar con la coordinadora, con otros profesores, viendo el comportamiento de los propios alumnos etc. Y al fin yo lograba no imponerme, sino que invitaba al aprendizaje con artimañas que surgían en el vagón, de vuelta a casa.
Tenía ganas de expresarme en este blog sobre una novela de Agustín Fernández Mallo que se llama "Nocilla Lab". Esta novela pertenece a un proyecto llamado precisamente "Proyecto Nocilla" que consta de otras dos novelas. Esta novela la encontré en un kiosko de prensa, en librería de ocasión. Yo leí en una historia de la literatura española una referencia a este proyecto novedoso en el que se incluyen unos escritores y poetas llamados "generación Nocilla". No sé por qué se llamarán así, aunque lo he mirado en internet. Mallo es físico de profesión y me parece un personaje un poco raro.
Pero analizando la novela que leí, "Nocilla Lab", me di cuenta de que el argumento no contaba para nada en esta narración. Se trata de una pareja formada por una mujer y el propio novelista que quieren llevar a cabo un proyecto en un isla de Sicilia.
Mallo se deja llevar en el relato por unas divagaciones en las que mezcla filosofía, explicaciones científicas y el origen y futuro de su proyecto que no tendrá lugar. Todo lo que cuenta para mí no tiene ningún sentido pero sí parece que hay una manera de contar que puede resultar atractiva. Me gustó cuando contaba su experiencia de estudiante en Santiago de Compostela, narración totalmente lineal y coherente pero luego empieza con las divagaciones de la isla en que está con su acompañante y todo se va liando y repitiendo de tal modo que lo que cuenta no es lógico.
Pero esta novela me ha hecho pensar hasta qué punto una dosis de experimentalismo en lo que se narra puede parecer atractivo o disgustar al lector. En "Nocilla Lab" no se cuenta nada, no hay introducción, nudo y desenlace. Sólo se trata de un divagar sobre algunos acontecimientos que se repiten con variaciones.
Pero el resultado no es malo del todo sino que puede interesar a ciertos lectores y hacerles que se hagan preguntas sobre la finalidad de la literatura. Como ha pasado conmigo. Que me he preguntado cómo debe ser una novela para resultar interesante.
Si yo escribiera una novela sobre mis impresiones sobre un tema determinado y no fijara qué está pasando en esa novela, ¿le gustaría al posible lector? ¿una novela es un reflexión sobre vida, muerte, la física, el amor... sin un hilo argumental? Eso es lo que me he planteado al leer esta novela.
Sin embargo, lo que sí me he dado cuenta es que la forma de narrar es buena en esa novela y eso la salva de su falta de lógica argumental.

lunes, 4 de febrero de 2013

Como una botella de vino somos,
nos van escanciando
y servimos de consuelo a borrachos
que no saben apreciarnos.
Al buen catador sin embargo
le parecemos algo
porque nos paladea, nos aprecia; incluso nos ama.
Y luego queda la botella
medio llena.
Aquel esplendor del vino
al que la luz del sol sacaba destellos
queda en unos sorbos últimos
y luego, en los posos de lo que fue la uva:
la vejez aúna lo postrero y lo sabio.
La última copa, el último brindis, el último trago
lo daremos sin querer o queriendo
pero recogiendo en la memoria todo el bien que hemos hecho.
He estado a Córdoba estos tres días de fin de semana por iniciativa de Eva. He montado por primera vez en el AVE, que es muy rápido y eficiente. He visto por segunda vez la Mezquita y me dejó asombrado tal edificio religioso. Pasear por Córdoba, en el plan en el que íbamos, despreocupados y ociosos, ha sido toda una delicia. Lo malo ha sido comer: caro, poco y malo. A veces, ha constituido un timo y un lío el mero acto de alimentarse. He llevado una libreta y he anotado en los ratos libres todo lo que hemos hecho y visto.
Una de las cosas que más me han gustado del viaje ha sido madrugar con un fin claro. He bajado a la estación el viernes pasado y ha sido como revivir los madrugones que me pegaba de profesor. Allí estaban los trabajadores en el andén que luego en el vagón se liaban a leer una novela hasta que llegaban a Atocha, allí estaba la noche que pronto iba a ser mañana, allí estaba el tren que chirriaba cuando frenaba para acoger viajeros, allí estaba, en mis labios, el cigarrito mañanero y el café de la cafetería de la estación, que sientan de miedo. Y allí estaba, como un recuerdo hecho carne, una profesora que estuvo de compañera mía en el instituto "Lázaro Cárdenas" de Villalba y que se hizo amiga de Eva y de mí. Estaba corrigiendo exámenes y dijo que estaba dando clases en un instituto de Coslada. Esta mujer es muy buena persona y nos dio palique hasta que llegó el tren, momento en que se separó de nosotros, quizás para seguir corrigiendo. Me dio su parabién por haberme concedido la administración mi pensión, dijo que en Coslada le estaban dando los alumnos mucha tabarra y que al año siguiente se jubilaba. Habló también de Granada, que lo encontró bonito y nos habló de las tapas generosas que ponen en en los bares de esa ciudad.
En el vagón dediqué 20 minutos a leer el "20 minutos" y llegamos a Atocha. Se me hizo cortísimo el viaje en el AVE. Todo lo demás lo dejé apuntado en una libreta que llevé conmigo.