miércoles, 5 de noviembre de 2014

Después de mucho tiempo, he recomenzado la novela que yacía en la mesa muerta de aburrimiento. La he leído de una vez por todas y he decidido continuarla. Ya era hora. La vida del escritor no es continua como una línea recta, no siempre escribe, hay circunstancias que se lo impiden pero cuando vuelve a su obra, a la tarea iniciada, le invade una alegría grande porque se parece a volver a encontrarse con un amigo de antaño.
El escritor no sabe si su novela es buena pero siempre decide acabarla para poder apreciarla en su totalidad. Esta novela tiene como un marco que la presenta y luego se viven las aventuras del personaje, unas aventuras un tanto extrañas pero espera el escritor que sean convincentes, alegres, motivadoras y como dijo un gran escritor colombiano, hipnoticen al lector mientras pasan estas aventuras tan desusadas en el mundo cotidiano.
Yo no sé si ganaré dinero con mis obras pero sí que me estoy divirtiendo con ellas, dice el escritor afortunado pero sin fortuna.

martes, 4 de noviembre de 2014

A mí una periodista que me gusta un montón es Victoria Prego porque además de analizar las cosas tal como han pasado, hacer de historiadora para todos los españoles desde la Transición y de ser clara como el agua cuando se expresa, es bastante guapa. Lo paso bien leyendo sus artículos en El Mundo, porque analiza la realidad como nadie. Con su voz he entendido la política y la historia de este país y de sus cargos políticos desde el rey hasta Felipe González. Victoria Prego es divulgadora del entramado a veces lioso e ininteligible que supone la historia reciente de este país. Y por ella me he enterado de cosas de las que no me hubiera enterado por nadie más. Pero otra cosa es el interés que tiene el español medio por su propia historia: yo creo que el español es muy dado a tergiversar, a echar la culpa a otros, de ser sectario ante la verdad y no darse certera cuenta de cómo pasaron los hechos que han marcado el devenir de este país. Para eso está gente como Victoria Prego. Conoce tu historia, te conocerás a ti mismo.
En mi pueblo, a estas horas y a cualesquiera hora, tendría seguramente alguien con quien hablar porque allí en mi  pueblo nos conocemos todos y todos conocen a mi padre y a mi madre y a mi hermana, etc. Sólo tendría que tener ganas de hablar, que gente con la que charlar no faltaría. Sólo tendría que dar una vuelta por el pueblo y al primero que viera por la calle, zas, asaltarle verbalmente y entablar una conversación cumplida.
Aquí en la ciudad ni conocen mi historia ni la de mis hermanos ni la de mis padres ni la de nadie de mi familia.
Aquí en la ciudad primero llamas a ver si alguien quiere quedar contigo y las gilipolleces de las que hablo con esa persona no valen la pena sacarlas a la lengua, son cosas tan triviales que no merecen la pena ser expresadas: el fútbol, el tiempo, la tele: gilipolleces.
Es más agradable la charla en el pueblo, tiene más miga. Ahora escribo esto pero si estuviera en mi  pueblo, estaría charlando como Dios. Si quieres buena compaña, vive en tu pueblo.
El ateísmo bien entendido es amigo de la religión. El ateo ha dado vueltas a la idea de Dios y ha pensado que no existe pero respeta al que cree en Dios y aún le envidia o le admira. Otra cosa sería que por determinismo político (leáse marxismo u otras corrientes filosóficas ateas) se niegue a Dios rotundamente e incluso se ataque a la iglesia como creadora de ficciones que en mi opinión no lo son. Yo no creo que donde se asienta la iglesia es un engaño o una ficción. Eso sólo lo puede pensar el ignorante de las ideas religiosas. A mí una vez me dijeron que Jesucristo era un invento de la iglesia. A Jesucristo no lo inventó nadie. De hecho, existió en la Tierra como cualquier mortal y el que crea en su resurrección le igualará a Dios y su palabra. No debemos creer por creer pero tampoco negar evidencias que avala la historia. Que las iglesias son un comecocos, vale pero la idea de Dios la tendrá todo ser humano para negarlo o para creer en El, independientemente de las iglesias. Si quieres creer, cree; si no, no creas pero no seas nunca un ignorante.
Mientras vivimos se nos ofrecen al pensamiento muchas dudas quizás por que el hombre es pequeño e imperfecto y no las tiene todas consigo. Hay una canción de Serrat que dice: "Bienaventurados los que están seguros de todo porque de ellos es el reino de los ciegos". Que lo que quiere decir es que no hay nada seguro en este mundo más que nos vamos todos a morir, lo que no sabemos es cómo. Ni siquiera sabemos eso, cómo nos vamos a morir. Lo que sí esta claro es que la duda forma parte del ser humano desde que tiene uso de razón. No digo una duda metafísica que lo abarque todo (existencia, sentido de la vida, preguntarnos por la muerte) que también puede ocurrir en almas más que sensibles y transcendentes sino que pensamos, ¿me quiere mi mujer?, ¿estoy educando bien al niño? o como yo me pregunto constantemente, ¿aprovecho bien el tiempo? o como se pregunta dolorosamente el ladrón de vez en cuando, ¿me pillarán e iré a la cárcel? Así que vivimos en la duda. Duda y avanzarás, cree y te engañarás.
El escritor necesita unos hábitos de trabajo, como cualquier trabajador y si no los adopta, no hace casi nada, lo que escribe está inconexo y no vale la pena. Lo que escribe el escritor está englobado en un plan ya sea este plan pequeño o grande pero en un plan que le permita saber al escritor de qué va su obra. Hay escritores que se tienen que documentar mucho y otros que trabajan desde su habitación pero todo escritor necesita unos horarios de trabajo, unos hábitos, una costumbre escritora. El escritor no escribe allá que te va si no que primero traza un esquema de trabajo de donde parte su primer capítulo o su primer poema y luego se pone diariamente a escribir algo relacionado con ese primer capítulo o ese primer poema. El escritor vierte sus problemáticas o sus sentimientos en el papel pero siempre con un orden establecido. Al escritor le gustaría que el mundo fuera perfecto, por eso escribe, para que lo que escribe sea perfecto y circular como una novela o como una canción.

lunes, 3 de noviembre de 2014

"Todo está bien hecho" es un verso de un poeta de la generación del 27 que se llama Jorge Guillén. En el mismo poema o en otro dice: "los ojos no ven, saben". Cuando los ojos saben, guían a todo el cuerpo y todo el alma a la comodidad, a la seguridad, al bienestar. A Jorge Guillén, vallisoletano, le gustaban los mediodías, "las doce en el reloj". El hecho de vivir en el mediodía le llenaba de gozo. A mí me gustaría vivir en la plenitud en que vivió este poeta, el poeta del optimismo, de la alegría de vivir. Después de exiliarse a EEUU, le tocó vivir los horrores de la guerra mundial y de la era atómica, junto con nuestra guerra civil y sus poemas ya fueron más meditativos, más pesimistas. Los felices años veinte no los hemos vivido aún en este siglo. Quizás también sean así en el XXI pero  yo lo dudo mucho pues el siglo XXI se abre con una barbarie bastante cruel y sigue y sigue. No creo que haya los happy twenties del siglo XXI. Habrá más guerra y más crisis quizá. ¿O remontaremos?