Un número titánico de piedras en el lecho del río fundamentaban toda mi alegría. Las rocas de la montaña, allá lejos, en difuso contorno azul, me indicaban lejanía. Era todo muy confuso porque me embargaba la angustia de vivir estos tiempos tan raros. Pero había que soportar un día tras otro hasta el desastre final. Porque la debacle es lo que anunciaban estas políticas radicales, estas guerras, estos familiares que no veía yo nunca. Poco a poco, un día tras otro de agotar telediarios y de saludar a la hermana, al padre y a los sobrinos. Era así. Familiares como gente, gente como familiares, todo muy confuso. Y se repetía todos los veranos, esa angustia de no saber quiénes eran ellos, los que habían crecido junto a ti por años y años.
La familia se rompe y nacen otras familias.
Es la ley de la vida.
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