Hoy me he levantado desganado o deprimido o confuso mentalmente. Es lo que tiene la enfermedad que padezco, que a veces me levanto de una forma no apta para andar ni por la calle ni por casa. En estas ocasiones, no sirvo para nada útil. Me metería otra vez en la cama y esperaría a que pasara el día de la manera que fuera. No acierto a pensar con claridad qué tengo qué hacer, dónde tengo que ir, todo me supone un mundo. No hago más que pensar en cosas negativas que me entorpecen el paso de mis huesos por el día. Todo lo siento como un impedimento que se me ha impuesto y yo tengo que luchar (supongo) el doble de lo que lo haría una persona que no toma pastillas para la mente, que no tiene una enfermedad que le desequilibra el ánimo de modo que pasa esto a veces: no tiene uno ganas ni de levantarse de la cama y todo le parece mal hasta que se vuelve a acostar. Pero es así, tengo que hacer cosas a la fuerza para seguir adelante pero me cuestan un montón. Hoy no tengo ganas de nada. A ver si esta tarde me recupero un poco.
miércoles, 30 de abril de 2014
lunes, 28 de abril de 2014
La noche estaba oscura. Rafael miraba por la ventana el rugido de las hojas de los árboles del parque cercano que se juntaba con el rugido de las hojas de los árboles que flanqueaban la acera. Rafael sintió temor: parecía como si un crimen fuera a cometerse. Se oyó un aullido: era su mujer que le mandaba acostar a los niños, no el hombre lobo. Rafael tenía el corazón como una avellana. Acostó a los niños que se enfrentaron a él en sus raídos pijamas.
"Mañana, más", pensó Rafael. El domingo se extinguía en el reloj y la noche avanzaba. Su mujer estudiaba una oposición que no salía nunca. Rafael se preparaba para asumir el trabajo del lunes que estaba esperando en cuanto se levantara de la cama. Los niños eran un problema, el trabajo, otro; la oposición, otro y se atrevía a decir que su mujer el más gordo. Se acostó. A saber cuándo su mujer se metería en la cama. Se durmió pensando en los problemas familiares, uno detrás de otro. En la calle, parecía que se iba a cometer un crimen.
Ahora que ya he acabado la novela que estaba escribiendo y la he impreso y la pienso mandar a algún concurso literario a ver si hay fortuna, me pongo con otra novela que tenía empezada y no me sale nada, no me concentro para escribir nada sobre ella. El olvido de esta novelita, que me parece que no va a ser tan larga como la anterior, ha hecho que no me ponga en posición mental de continuarla y lleva ya varios días así, durmiendo la siesta en el ordenador con unas veinticinco páginas escritas muertas de risa.
La he leído de corrido otra vez y me ha gustado, incluso más que la otra. Es más seria, tiene mayor reflexión y por eso se me hace difícil continuarla porque tengo que pensar más lo que voy a escribir y cogerle el hilo argumental de lo que escribí hace tiempo.
El tema no es tan ligero como la de la anterior y las palabras pesan más en el texto, son más sentenciosas y de juicio mayor, no es una simple aventura narrativa, exige pensar lo que escribo a partir de ahora para que no desafine con lo escrito anteriormente.
Si hay una novela fácil de leer, esa es "Las uvas de la ira" de Steinbeck, aunque tenga unas 400 páginas. Es una épica de la crisis que asoló EEUU en la década de los 30. Es dura y amable a la vez, tiene cierto humor y aparecen personajes muy entrañables. Es la épica del estómago vacío y el bolsillo de la familia que no reunía un dólar.
De Steinbeck leí "La perla" hace ya mucho tiempo. Sé que también tiene una obra que se llama "De ratones y hombres" o algo así. Fue premio Nobel. A lo mejor me leo algo de Steinbeck. Parece que trata temas sociales, la lucha por la vida, la familia, etc.
"Las uvas de la ira" es una disección de cómo la economía afecta brutalmente a una familia de agricultores que lo han de dejar todo para irse al otro lado del país a buscarse la vida y allí les espera la explotación más rancia del hombre por el hombre. Pero en esas páginas también vemos unos seres humanos muy muy bonitos, muy sacrificados y muy curiosos de conocer.
domingo, 27 de abril de 2014
La gente que me conoce dice que yo tengo mucha suerte y que soy rico pero yo lo desmiento con hechos, ya que tener tres millones de las antiguas pesetas en el banco no impiden que yo vaya andando o en autobús a todos los sitios, coma mortadela, no gaste mucho en ropa ni en comida y yo me la hago porque si yo quisiera podría fundir esos tres millones en ser algo que yo no soy ni he sido nunca; eso mismo, rico. Yo lo que hago es ahorrar para un posible futuro solitario de viejo lleno de incomodidades, harto de tomar pastillas que me joderán los riñones y el hígado cuando me esté muriendo.
Lo que yo soy, eso sí, o me gustaría ser es un escritor. Cuanto más cerca esté de ser un escritor, mayor va a ser mi contento. Ya no aspiro a vivir de lo que escribiera, ni creo que me va a hacer falta, aunque nunca se sabe pero me gustaría haber escrito unas cuantas novelas de mi puño y letra antes de morirme y que estas sean celebradas por un minoritario público pero bueno. No soy rico, no tengo mucho dinero, no vivo con el lujo ni quiero vivir. Yo soy un profesor que ya no puede serlo y se ha metido escritor.
En la taberna estábamos cada vez peor. Mi padre estaba enfermo. Mi madre había muerto hace tiempo. Entonces vino aquel tipo que no pedía más que ron y estaba pendiente de otro hombre que conocía un secreto. Entonces todo se precipitó: murió mi padre y yo me enrolé en un barco de la marina inglesa en una expedición a la isla del tesoro.
Se quedó huérfano y vivió miles de aventuras en el mar, olvidando las miserias de una taberna que no daba para comer, se hizo hijo de la marina inglesa en contra de los piratas que se mataban por un tesoro.
Cuantas aventuras de estas ocurrirán en nuestro mundo "civilizado" donde la avaricia, el rencor y el odio andan como Pedro por su casa por las almas de los hombres.
Sin embargo, nuestras personas, las que yo conozco, se mueven por sobrevivir amenazadas por la depresión, por quedarse huérfanos de algo o de alguien a la menor ocasión.
En el arroz negro que hice ayer y que comimos había tierra. No sé de dónde puede proceder la tierra, del caldo que hice o de la sepia. El caso es que debo comerme otro poco de arroz negro hoy e irme al hospital.
Recuerdo un personaje de "La soledad del corredor de larga distancia", de Allan Sillitoe, cómo pasaban los días en su piso con la madre, haciendo cosas cómicas mirando al televisor hasta que los pilla la policía porque llovía y tenían escondido el dinero en una cañería que empieza a correr. Luego, el corredor, en la cárcel, se hace un experto en largas distancias vigilado por unos policías en su recorrido mañanero. Y era el primer hombre sobre la Tierra y el último hombre sobre ella a la vez. Me encantaría sentirme como ese corredor cuando se levantaba y corría y corría sin pensar en nada ni en nadie.
Tengo que comer e ir al hospital, eso es todo.
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