Cuando el prodigio tenía lugar antes, mucho antes de que dejara sus huellas en la playa el único hombre dios, yo todavía no creía en nada. Y me valía de mis escritos para crear un mundo de cristal amable. Pero llegaron días de estar desvalido ante el hombre que habitaba esta bola que no cesa. Dejé de abusar de las palabras "quiero" y "deseo", para pasar a usar "debo" y nada más. Y me recorrí una región con un libro debajo del brazo y una tiza en el bolsillo inferior derecho. Y pasé debajo de muchos techos que cubrían almas ignorantes e indisciplinadas. Y pasé mañanas enteras explicando el valor de un profesor y el valor de una solicitud y un adverbio y un adjetivo. Y me salieron dolores en las sienes, dolores reconocibles que se curaron con el tiempo. Yo empecé a creer.
Una vida sin amor
no merece la pena ser vivida.
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