Me he quedado pillado con esas gentes con las que pasé el tiempo en el pueblo. Eran tres parejas, como se dice ahora, no matrimonios, las tres con hijos, dos hijos cada pareja. Una pareja la formaban mi sobrino y su mujer y su hijo Ángel y su hija Lola. Otra pareja la formaban el hijo de un primo mío del pueblo y su mujer y Beltrán y Mario, sus hijos. Y la otra pareja era amiga de esta última y venía de Torrelodones. Sus hijos eran Olivia y el rebelde Martín. La verdad es que eran un conglomerado que quizás responda a la realidad del mundo de hoy: prisas, estrés, ver de poder conciliar trabajo y familia. Se tiraron un tiempo estas parejas hablando de zapatos para los niños, por ejemplo. Luego discutían entre ellas quién hacía comidas, quién se ocupaba de los niños, quién limpiaba la casa, etcétera. El marido de la pareja de Torrelodones al final me preguntó que dónde había que firmar para cobrar una pensión a mi edad. Cuando le dije que estoy tomando pastillas a diario dijo que ya no le gustaba. Me lo pasé muy bien con ellos aunque no participé mucho. Dicen que en boca cerrada no entran moscas pero también se dice que hablando se entiende la gente. Su recuerdo revolotea en mi cabeza porque me gustó su forma de vida, sus luchas y los problemas que solucionaban como podían.
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