sábado, 22 de febrero de 2025

 Alquitrán. De los pulmones surge una queja continua, un rumor de agobio. Pero yo sigo y sigo. Lo que pudo existir brilla un instante. Yo pedaleando fuerte por la carretera, yo pegando un chut enorme a un balón. Los cirios y las velas se derriten por la acción de un fuego lento y tibio. Las iglesias guardan la fe de los creyentes obstinados. Yo quiero creer en algo que dure más allá de la muerte. Los lejanos árboles que pueblan densamente las costas y los ribazos me hablan, me comunican la lejanía anhelada. Qué cosa hay en las carreteras, qué diálogo sutil entre el coche, las ruedas, el volante y el futuro alejado. Mi vida transcurre en unas aceras ya vulgares ya transitadas por la repetición sin nombre de mis pasos. Démosle la vuelta al infinito ser que vive de la pobreza de cercanías olvidables.

Quiero ser un amor a descubrir tierra,

tierra que danza a lo lejos.



 Esta noche de este mundo ha sorprendido a más de uno con colores estrambóticos. Han bailado hasta el amanecer los pies y los brazos. Han surgido locuras nuevas en las cabezas lunáticas. Y todo ha vuelto a ponerse en su sitio en esta mañana de este mundo. Pero con resaca de horas. Pero tocando a su fin esta artificial manera de volverse enajenado. Un ejemplar de primavera cruza la calle sin mirar. No ve a los coches cuando va a por pan. La dureza de la mañana le ha hecho dudar de su propia sombra. La noche fue divertida; la mañana, llena de luz, demasiada luz. No dice adiós, tampoco espera. Por la luz matinal se escapan las avenidas nocturnas que paseaste ayer. Todo por diversión. Todo por darle al cuerpo la tensión adecuada para romper con tu realidad.

La noche: locura llena de artificios.

La mañana: traza la luz las formas de la vida.

 Un ejercicio de melancolía: pensar cuán cerca estás de todo lo que te rodea todos los días. Un ejercicio de humildad: no puedes estar en el sitio deseado así que te conformas con el que ocupas desde siempre. Aunque todo cambia un poco para no ser tu vida una tormenta de cosas que se suceden igualmente. Esa repetición de los actos en los días te hacen aprender una lección. La vida no es como uno quiere, sino como está establecida. Si no, todo el mundo estaría volando a Nueva York cada dos días, yendo en tren a la playa, dando la vuelta al mundo constantemente. Y se colapsarían las estaciones y los aeropuertos.

No intentes ser otro en el espacio.

Intenta ser otro en el tiempo.

viernes, 21 de febrero de 2025

 Un cigarrillo último, un rebullir de mi alma tediosa. No hay libro que me consuele de estar aquí. No hay poema que me lleve por la nacional cuarta a un restaurante de carretera con un árbol inmenso en el patio. No hay coche, ni taxi, ni autobús que vuele con mi espíritu a lo lejano, a lo que no conozco todavía. El trayecto es fijo: con final en la costa y ver el mar lamiendo la arena. Y una habitación de hotel en el piso dieciocho. Y una coca cola para celebrarlo. Y comer sardinas en el puerto donde ondea la bandera blanca de la paz y la libertad. Yo quisiera ser de madera, quizás de hierro, para no sufrir la falta de lejanía de mi vida. Yo quisiera ser una piedra para no sentir lo que siento aquí sentado.

Te olvidas de los álamos y del desayuno

y vas a la calle y recuerdas de repente que eres uno solo, un aburrimiento por la acera.

Los periódicos llenan España de miseria moral. La lluvia, si existiera, quizás limpiaba el ambiente de corrupciones varias. Ando al kiosco, compro palabras que, unidas, crean frases y párrafos aparentemente coherentes. Pero, cuando llego a casa, yo no sé expresarme, no sé dónde están mis palabras y mis párrafos propios. Voy escribiendo esto que veis para así, dejar constancia de que existo. Solo procuro eso: que mis pensamientos circulen en frases, que se llene esta blancura de la pantalla con el lenguaje mío, individual, quizás necesario. No sé cómo podría yo estar en otro sitio, al lado de un límite costero o montañoso. No sé cómo podría yo dotar este viernes de una consistencia que me hiciera otro. Otro mundo deseo. No este de párrafos periodísticos, de una farola que, en la mañana, se calla humildemente. Quiero salir de las inmediaciones, saltar a la frontera, a la frontera querida de algún sitio lejos.

La lejanía:

esa fuerza irracional que lo contiene todo para matar lo cotidiano.

 El paso de las horas es como una tortura muy lenta que va horadando la paciencia, una carantoña a la muerte. Los días son como lunares que portan la insidiosa insipidez de los frutos cansados. Ya es hora de decir basta y escribir aquí por qué estoy harto de que pase el tiempo impunemente, sin hacer señal de mejora del espíritu. El cuerpo se va erosionando de los años, de la costumbre de hacerle daño. El espíritu no se alza con poder, con el signo de la victoria. Quizás falten esos raptos de amor por Dios, esas caricias anímicas a lo sobrenatural. Solo sé que el tiempo pasa, los días pasan y yo sigo siendo el mismo de siempre. No apaciguo mi existencia si no hay algo de por medio. No sé prácticamente quién soy si no hay aventura.

Querría salir a la carretera y rodar y rodar

para que yo fuera otro en otro lugar, en otro mundo sensorial.

jueves, 20 de febrero de 2025

 Te has quedado como hecho de ceniza ante el monumento al demonio, al que murió de soberbia. Estás en el Retiro y ves pasar gentío agreste, como de ciudad inhóspita. Quieres hablar pero no tienes con quién. Has ido a este parque grande a pasar el tiempo, eso que tanto te sobra. Y te tomas una cerveza que sabe a soledad. Y lloras por dentro eso mismo, tu soledad. Así la locura te ha estado mancillando los días. Así esa memoria de tu padre te rompe la vida. No es que ames la soledad ahora que estás así, en un piso sin luz, sino que siempre has estado solo con unos libros sobre pájaros y otro sobre perros. Ya hace muchísimo tiempo que no te veo. No te veo por el pueblo, donde te hacías ver. Espero que todo te vaya bien. Y que comprendas tu soledad.

Un primo antiguo, cocinero.

No le veo.